Vayan a México, no esperen que los inviten, vayan a Tampico, a Mérida, a Monterrey, visiten al doctor Chapatín en el DF, ahí en Coyaocán, una casa larga y delgada, sin antejardín, en la parte más angosta de la calle Arturo Ibáñez. Intenten tirar por entre los fierros forjados de la ventana de esa casa algún alimento para Manseca, el perro xoloitzcuintle que se está muriendo de hambre.
Vayan y vuelvan calladitos y cuando vuelvan, si vuelven, guarden silencio por un rato largo.
Vayan a México, piérdanse en México, abandonen un rato la comodidad del reclamo predecible, la arenga facilona y el compincheo complaciente.
Vayan solos, no en comitiva, no se pongan en fila india para darle la mano Peña Nieto, no posen para Televisa, no salgan en esa foto con el ministro y el candidato electo; dos actores, dos sonrisas impecables, luminosas, vayan sin representar a nadie y ensúciense los dedos con los chiles en nogada, emborráchense con Dos equis, vuelvan, si vuelven, con un ojo en tinta y con varias manchas en la camisa.
Vayan solos o, a lo más, con algún ex compañero del colegio, y peléense con él en la mitad del viaje, déjenlo hablando solo mientras cambia sus últimos dólares en el Banorte de la Avenida Ocho. O vayan a Acapulco con su padre, vean a los clavadistas y agárrense a cornetes, lean por supuesto a Bolaño, léanlo hasta que les de paja salir dé la cama, hasta que ya no quieran firmar cartas ni subirse a ningún avión oficial, hasta que el hígado les estalle y los dientes se les llenen de caries. O no vayan, no vayan a ninguna parte, tampoco es necesario que lo hagan.
Pero lean a Eduardo Antonio Parra, a Valeria Luiselli, a Yuri Herrera, y no se hagan amigos de ellos, o sí, pero no hablen de ferias, de antologías, de los amigos escritores que tienen en común, hablen, a lo sumo, de Ibargüengoitia, pero antes lean a Ibargüengoitia, y no suban a facebook su foto con Bellatin, no digan que son su amigo o su amiga, pero lean de nuevo Salón de belleza, léanlo tomando china poblana en La Pasita, en el Barrio de los Sapos, léanlo y sientan la presencia de los ángeles y de la Malinche, y sigan leyendo, a Elizondo, a Pacheco, otra vez a Ibargüengoitia, y al séptimo día descansen escuchando a Marco Antonio Solís.
Entonces lean El paso, de Ildefonso, que es peruano, pero ni modo, léanlo y escuchen a José José, conversen con José José, coman huachinango a la guerrense con José José, hasta que les pique el alma, hasta que les salten las lágrimas, vendan el auto, los calzoncillos largos, dejen el copete por un mes, endéudense, pero vayan a México, sin invitación, sin financiamiento estatal, sin cartas de recomendación.
Vayan y pierdan la conexión al Miguel Hidalgo y Costilla y reclámenle al encargado de Aeroméxico, a ver si los pesca, vayan y escuchen los discursos de Fernández Noroña como si fueran rancheras, vean películas de Terrazas, de Maryse Sistach, de Olaizola, vayan al Arena Coliseo y alienten al Septiembre Negro, a Iván El Bronco, a Ángel Azteca, sientan cómo el aire caldeado de la noche se convierte en un ventarrón de vida pura y definitiva, donde la muerte está tan cerca y tan lejos que sólo cabe homenajearla con un escupo verde sobre el cemento de las graderías, lancen hurras por la Máscara Sagrada, su presencia sin boca, una hecatombe sin espacio siquiera para la queja, o por el Tigre blanco, con su capa roja visible hasta desde la última fila y, sin embargo, oculto del mundo tras una máscara rígida, con sólo dos boquetes para los ojos, vocación por el gesto coreográfico sin nombre propio, la figura humana en su representación de majestuosidad y farsa. Vayan y cuando regresen, si regresan aunque sea de paseo, no vuelvan dando cátedra, no digan “en cambio allá en México” y esas cosas, no digan, de hecho, que estuvieron en México, vayan y escuchen a Lola Beltrán, que no tiene nada que ver con el otro Beltrán, pero escúchenla igual, encerrados en un hotel de cuarta, allá en Rosario, Sinaloa, o acá mismo en Santiago, por último, pero no lloren, no mamen, o lloren en silencio, en sus casitas, tarareando eso de “hay momentos en que quisiera mejor rajarme”, y no lo tuiteen, no lo pongan en el muro, simplemente vayan, vayan a México y, cuando salgan, por favor, dejen la luz apagada.


