El libro más esperado

No se trata de nostalgia, al menos no en su versión momificante. Acá está el relato de una épica avasallada por la falsa épica oficial, pero también una ventana hacia el futuro. “¿Retirado yo de la gran batalla?” se pregunta el Príncipe, y la respuesta está aquí, en estas conversaciones que son dinamita comprometida, literatura pura.

Quizás cometo una infidencia o me precipito. Pero se trata de un libro que venía esperando hace al menos veinte años. Lo leo ahora, en su versión PDF, y es, existe, aunque verá la luz recién a fines de abril. Se trata de “Conversaciones con el Príncipe de Macul”, de Marco Antonio Bugueño.

Son y no son los mismos versos que escuché en algún acto conmemorativo o en alguna peña triste. Lo recuerdo, al Príncipe, el verdadero poeta entre una mar de impostores (me incluyo) que buscábamos la salida entre las palabras, a machetazos desprolijos, como si estuviéremos en medio de la selva de Nueva Segovia. Escuché estos versos lagrimeando, con arcadas, mordiendo limón con sal para aplacar el efecto de los gases. Recuerdo, sobre todo, sus poemas de amor, como la “Oración desde los jardines de la Facultad”, la ironía del que pierde por todas partes, aferrado a un sueño inútil, embebidos como estábamos de “la palabra Bar y la palabra Circunstancia”. Y recuerdo, ahora, que entonces también amamos -o sólo entonces amamos realmente-, pese a lo imposible que parecía el amor en esos tiempos. Pero sí, había amor en los pastos de la Facultad, el Príncipe las amaba a todas, todos las amábamos a todas, y todas a todos, un gran conjuro contra la muerte que sapeaba con lentes oscuros detrás de los árboles.

Alguien tenía que decirlo, alguien tenía que sacar la voz, alguien –aunque sea un Príncipe que tomó cervezas en Los Cisnes- que lo comprendiera todo de un paraguazo. Esa verdad que persiste, “pero a la vez se esfuma/ ¡Qué misterio! “

“Conversaciones con el Príncipe de Macul” tiene que ver, sobre todo, con niños. “Pequeños niños queriendo a la gente”, con esas ganas vallejianas, ubérrima y política, de ser mendigo con el mendigo, de sufrir por el dolor del otro. Niños jugando a la guerra con pistolas de agua, niños asustados, porque en el juego los muertos caían de verdad, destrozados sobre el pavimento. Niños que sueñan, que subvierten, por necesidad y gozo, el paisaje de la infancia. Como el Príncipe que, comiendo manzanas confitadas con la novia, ve pasar un tanque blanco y a la policía secreta con lentes amarillos.

Fuimos niños y “nos hicieron niño”, en el sentido de timo que tiene la expresión.

La machacona idea de la derrota, por ejemplo. Un forma de confinarnos, como al Príncipe, a un sótano húmedo y sin palabras. La culpa de estar vivos mientras otros se morían tan cerca. Y tan rápido, como creíamos que había que morir, herederos de Javier Heraud y de James Dean al mismo tiempo: “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Los guitarreos eternos, el vino con naranja y canela, una canción de última hora, para espantar la culpa, cuando ya sólo quedábamos los más borrachos: “quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad”. Era Silvio, claro, otro muerto resucitado hoy por la sangre joven.

Hay, por cierto, dignidad en ese silencio, en esa omisión voluntaria en medio de las algarabías histéricas, de las refriegas calentonas con el poder. El poder político, el poder cultural, el poder literario, caras mutantes de la misma moneda. Un silencio largo, pero no definitivo. La poesía que leo aquí es la de antes, sí, pero es otra. Es su versión decantada, fortalecida por los años. Gana la buena poesía con la derrota y la espera. Derrota a la derrota, le otorga decencia y sentido.

El otro timo es el caficheo indecente que algunos practican de los ochenta. Los horrorosos ochenta. Les sacan filo, partido, lucro. El Príncipe, en cambio, estuvo ahí, sabe de lo que habla y viene por lo suyo.

No se trata de nostalgia, al menos no en su versión momificante. Acá está el relato de una épica avasallada por la falsa épica oficial, pero también una ventana hacia el futuro. “¿Retirado yo de la gran batalla?” se pregunta el Príncipe, y la respuesta está aquí, en estas conversaciones que son dinamita comprometida, literatura pura.

Es un anuncio, una advertencia.

El abrazo lleno de asombro, pero también de espontaneidad y simpleza, entre los niños que fuimos y los niños de hoy, nuestros hijos. Es contarles nuestra vida con fideos y con arroz, como en esa hermosa Fábula que Bugueño dedica a sus hijos.

Es poesía política, sí. ¿Es que acaso hay poesía que no lo sea?

Y es, seguro, una forma de sanar una herida generacional. O de abrirla para que salga, por fin, ese grito ahogado en una pesadilla.

Luis López-Aliaga