Destrozar públicamente un libro requiere de una buena dosis de mala leche. La elección de ese texto y no de otro, la fijación en los defectos por sobre las virtudes, que algunas siempre tiene, ocultan, por lo general, un planteamiento ideológico que no se puede o no se quiere explicitar. Porque la mala leche en sí no alcanza a ser ideología.
Y si se trata de una recopilación antológica, ese ejercicio insidioso se vuelve aún más evidente. Porque una antología es, casi por definición, un muestrario de defectos y virtudes, altos y bajos con algún punto de unión que intenta justificar el empeño; sea etario, temático, geográfico, de género, o cualquier otra variante del capricho.
Uno puede, cómo no, juzgar el todo, pero entendiendo que ese todo está vinculado ya no a la suma de sus partes, sino al sentido que explora esa recopilación. Hablo, para no darme más vueltas, de Junta de vecinas, la antología realizada por Claudia Apablaza y publicada por la editorial española Algaida. Hablo también de la mala leche en la crítica de Juan Manuel Vial, en La Tercera.
En Junta de vecinas, el todo está relacionado con la intención de ofrecer una panorámica de lo que escriben las narradoras chilenas hoy. Un panorama muy diverso en lo temático, en los registros y espesuras de los textos, así como en la filiación generacional de las 16 autoras elegidas. Son mujeres. Son chilenas. Tienen menos de cincuenta años. No más que eso. Que se trate de una edición dirigida a los lectores de España no es un dato trivial, en tanto también define el sentido de la antología: colocar en circulación a un grupo de autoras de las que poco o nada se conoce en otras latitudes. Y ya ese sólo empeño invita a acercarse al libro con buena disposición.
Se podría discutir a las autoras presentes o resaltar a las que faltan (¿Larissa Contreras? ¿Flavia Radrigán?). Aunque quizás si la ausencia más notoria sea la de la propia Claudia Apablaza, quien decide, en un ejercicio de innecesario recato, excluirse de la muestra.
Y en tanto muestrario, el libro podría servir para hablar del nivel de la narración de mujeres en Chile, sus proyecciones, sus posibles puntos de encuentro y de fuga. Intentar, desde este balcón panorámico, una categorización más acabada respecto a las temáticas y formas que las narradoras chilenas están trabajando. Pero quizás eso sea pedirle demasiado a una crítica atrapada entre la anemia y la mala leche.
De todos modos, en una antología como esta, la parte es quizás más importante que el todo. Y en eso también hay un valor incuestionable.
En la posibilidad, por ejemplo, de llegar desde “La epidemia de Traiguén”, el relato de Alejandra Costamagna, al volumen que lo incluye y lo potencia, “Animales domésticos”, un conjunto notable que, sin afectación alguna, penetra en el espanto cotidiano, el de los vínculos que se desvanecen sin aspavientos, con una prosa limpia y precisa que irradia una suerte de acogedor desencanto.
O de encontrarse con “Ramal”, la novela de Cynthia Rimsky, gracias al fragmento que aquí se presenta. Un trabajo minucioso y consistente que se adentra en el horror y la dignidad del campo maulino, un mundo lejos del mundo, perdido y recuperado en el texto, en la imagen literaria y fotográfica. Con una cadencia que atrapa en su parsimonia, el peso y la ligereza de una brisa atávica, el lector queda inmerso en esa atmósfera inquietante donde todos somos “el que viene de afuera”.
O de releer, disfrutar y anhelar nuevos textos de Andrea Maturana, como “Partículas de sol”, que también es parte del libro No decir, publicado en 2007. Con un magistral manejo de la tensión, vemos la infancia en sus fisuras, desde adentro, con aquellos pensamientos que hacen ruido, pero que no se pueden decir, a riesgo de ser estigmatizados por los otros que son, claro, el infierno. Deseos inconfesables, feroces, ocultos detrás de la convención de los lazos filiales. La culpa y el castigo de crecer, un extrañamiento que conduce irremediablemente a la adultez. Con ese final de película de Lucrecia Martel, el momento exacto en que nos damos cuenta que el infierno, el propio y el de los otros, recién comienza.
Con esas tres autoras la antología ya estaría justificada. Pero hay más, seguro, para todos los gustos, o “a cada cual según su necesidad”, si seguimos el viejo precepto marxista. Es asunto de buscar, de leer con atención e interés, y de dejar la mala leche para mejores causas.
Luis López-Aliaga


Por más que defiendas la antología, el escrito no cotiza a la autora Carola Melys y para mí no tuvo ninguna sustancia su lectura. Una mediocre omisión más.