La Sorna. Cuento corto para burgueses afeminados.

Por Rodrigo Ortega Chavarría.

Cuatro niños neoprénicos sufren con la economía del crepúsculo. Mientras ellos defecan y mean sobre el pasto seco de un sitio eriazo en calle Santa Isabel llegando a Vicuña MacKenna un par de adolescentes Ñuñoinos se masturban en su habitación mirando escenas de sadomasoquismo alemán.

La diferencia es cándida y arrogante. Pero se puede ver el velo luminoso de sol anticipado por el visillo de la ventana de la habitación sublimando la escena. ¡Bonita ventana! Amplia, limpia, excesivamente transparente su vidrio. Tanto así que justifica rotundamente ese visillo difusor de luz.
Para los neoprénicos sólo comienza a lloviznar. Y olor a mierda y orines se mezcla con el olor a pasto seco haciendo que éstos perros flacos revienten en una danza ritual. Como si esto limpiara. Como si esto excitara. Como si fuera aquella escena de “Match Point” en donde la Scarlett se revuelca exquisitamente por ese prado húmedo de campiña Britana.  ¡Mostrándome! ¡Mostrándonos! su resplandor. Su reloj de arena. Sacro tatuaje de hilo tejido y enmarcado en pretina.
¡Pero claro! Difícilmente los neoprénicos sabrán de esto.

¡Los otros sí! Los otros lo saben. Los otros copan tautológicamente la bohemia productiva y coyuntural de las esferas cautas capitalinas. Eso que llamamos pedantemente “Cultura”, “Onda”, “Estilo”. De hecho, mientras sus onanismos buscan el estallido genital y los senos cianóticos teutones amenazan con reventar -  estallido protegido por el muro plasma de 60 pulgadas, por supuesto- suena sobre el iPad esparcido en la alfombra el último single del EP de Spectrum; “War Sucks”.

¡Sólo quédense con ese botón de muestra, chulos de mierda!

Los otros, como nosotros, sólo se corren la paja. Pero se la corren sin acabar. Sin estallido. Sin conmoción. Para ellos, como nosotros, es más fácil moquear por la nariz luego del neoprén. Para ellos, como nosotros, no tendrá nunca sentido derramar las miserables gotas de semen desde sus harapientos y oscuros testículos.

Dicen que uno de ellos robó hace poco una casa en Ñuñoa. Una de esas funcionalistas de los años cincuenta. Muy bonita por cierto su terraza, estilo Le Corbusier. Fue en la tarde. Un poco antes de las siete cuarenta y cinco. Dicen que entre las cosas que se robó había un Taschen. De esos grandes y pesados. De esos para mesa de centro. Pero es mentira, una falsa acusación. Pues siempre estuvo sobre la mesa de vidrio. Siempre se quedó ahí. Ese libro muestra en su tapa una obra, una instalación de un artista que no recuerdo su nombre pero cuyo título de obra es “El climaterio de burgueses afeminados corroe silenciosamente las jóvenes y potentes vulvas”.

Santiago, 10 05 2010. 13:50
Corregido el 10 03 2012, 23:34