Crónica porteña: Las micros no deberían volar

Valparaíso construyó sus calles y sus casas al antojo de su territorio. Está lleno de curvas, pendientes y escaleras, lo que lo hace un lugar lleno de riesgos y testigo de grandes tragedias. Esta es la historia de una que ocurrió hace 19 años, una familia, una micro y un pasaje sin salida son sus protagonistas.

Por Paula Ampuero Ulloa

La “Joya del Pacífico”, como le dicen en la canción, tiene escondido entre sus cerros una riqueza cultural enorme. Declarada patrimonio de la humanidad, contiene en sus muros el testimonio de la historia, una arquitectura digna de preservar y personas muy valiosas: el característico “choro del Puerto”, los buenos para las fiestas y el trabajador que se levanta de madrugada para irse a la caleta.

De esta última clase es don Sergio Ampuero, viñamarino criado en Santiago, pero que escogió para formar familia el puerto principal. La señora Marta Haro es su compañera de aventuras. Juntos decidieron vivir en el cerro Los Placeres, construyeron su casa a las faldas de él, y a ella sólo se puede llegar subiendo o bajando escaleras. Tuvieron siete hijos. Hoy solo viven seis, un hombre y cinco mujeres.

Para 1993 la mayoría se había ido de la casa de don Sergio y la señora Marta, pero dos de ellos no se fueron muy lejos. María Angélica, construyó su casa sobre la de sus padres, donde vivía con su esposo y su hijo. Y debajo de ella permanecía Sergio hijo, con Claudia, su esposa y su pequeña hija. Las tres viviendas formaban una escalera al principio del cerro.

Aunque el resto de la familia estaba dispersa por la ciudad, se juntaban sagradamente todos los domingos para terminar la semana, y acumular energías para la que se venía. El lugar de encuentro era el patio que se formaba tras la casa de don Sergio, bajo la casa de María Angélica. Los adultos se tomaban una cerveza, los niños jugaban y se ponían a bailar.

El primer domingo de octubre de ese año, sin embargo, la reunión dominical no se llevó a cabo. Ni uno de los miembros del clan sabe explicar bien el por qué, pero María Angélica se aventura a decir que “fue algo de Dios”.

El accidente

Claudia, esposa de Sergio hijo, a las siete de la tarde de ese día estaba lavando loza en la casa de sus suegros. A esa misma hora debía llamarla Claudina, su madre, desde Santiago al teléfono del negocio. Pero se atrasó en ir a contestar el llamado y la fueron a buscar. Dejó la loza a medias y subió las escaleras. Mientras hablaba cosas rutinarias con su mamá fue testigo de un hecho inusual.

“Una micro va bajando”, alcanzó a decir Claudia a la dueña del negocio, cuando salió corriendo y vio una imagen que se le quedó “grabada en la memoria”. Cuenta a 19 años del suceso que “el chofer tenía cara de loco y, aun desde abajo de la micro, quedaban en evidencia sus ganas de frenar, aunque no fueron suficientes”.

Claudia corrió en vano tras la mole que iba directo a la casa en la que hace minutos había dejado a sus suegros: “En el trayecto vi caer a una señora desde el bus, y de un momento a otro, la micro detuvo su carrera por el pasaje para volar. Se elevó muchos metros e impactó de lleno la casa de mi cuñada que se partió en dos. Para seguir destrozando y dejar en ruinas la casa de mis suegros”.

Mientras Claudia bajaba las escaleras preguntándose cómo le diría a Sergio, su esposo, que sus papás estaban muertos, él subía luego de que su siesta fuera interrumpida por el ruido que ocasionó el choque. “Pensé que había sido un terremoto”, comenta Sergio haciendo un ejercicio de retrospección, “pero cuando llegué a la casa de mis viejos, me di cuenta de lo equivocado que estaba. Vi la micro incrustada tras la fachada de la que antes había sido mi casa, y de inmediato pensé lo peor”.

Todos en la población creyeron que era un sismo el que les movió el piso, pero cuando salieron de sus casas se dieron cuenta de lo que realmente había pasado.

Sergio se volvió loco, entregó su hija a una vecina, y se puso a sacar escombros con el único fin de hallar a sus padres. A la vista estaba don Sergio, quien le dijo que buscara a su mamá. Sacó latas y trozos de muro “como si fueran plumas, como si no pesaran nada”, hasta que la encontró.

La señora Marta quedó bajo el parachoques de la micro, su estado, a simple vista, era desastroso. Sus hijos se limitaron a dar gracias a Dios por haberla encontrado viva, y la llevaron en andas al hospital.

Comenzaron a llegar al lugar decenas de personas, entre ellos periodistas, que con su presencia disgustaron a las hermanas. María Angélica dice: “Siempre he creído que éstos se aprovechan de la desgracia ajena, y esta era mi desgracia, y yo no quería preguntas, así que los mandamos a la cresta”.

Volver a empezar

Los Ampuero Haro, a pesar del dolor por la pérdida material, no perdieron su espíritu alegre. Esa misma noche y cuidando lo poco que quedaba entre los escombros, comenzaron a reír nuevamente, hasta hubo unos traguitos de por medio, “para los nervios y el frío”, cuentan hoy.

El chofer de la micro iba en estado de ebriedad, por lo que fue declarado culpable y tuvo que reponer el inmueble. Los marinos ayudaron con refugios durante los ocho meses que se demoraron en reconstruir la casa. Se le pagaron los médicos a don Sergio y la señora Marta, pero no devolvieron los enceres que se perdieron el día del accidente.

A 19 años de este suceso, recuerdan esa micro voladora como una oportunidad con la que pusieron a prueba el valor de su unidad como familia, la que fue esencial en el proceso de recuperar la normalidad de sus vidas. Actualmente siguen en el mismo lugar, aún abrigando la esperanza de la construcción de un muro que evite otro hecho como éste.