La primera muerte de Antonio Di Benedetto

Por Luis López-Aliaga.

Di Benedetto está completamente desnudo. La barba blanca y dispareja es lo único que le cubre la cara: ni sus gruesos anteojos de carey oscuro le dejaron. Lo apuntan al menos ocho fusiles de asalto FN FAL, semiautomáticos, fabricados en Rosario. Di Benedetto piensa en su rostro, en la desfiguración de su rostro, piensa en un amasijo de carnes y huesos, la frente partida, la mandíbula colgando. Lo van a matar, dentro de unos segundos un escuadrón de muchachos argentinos recibirá la orden y Di Benedetto caerá desplomado sobre la arenilla de ese patio grande, en la Unidad 9 del Servicio Penitenciario de La Plata. Pero él sólo piensa en su rostro, en las municiones desperdigadas por dentro después del primer contacto.

Antes, uno de sus carceleros le tiró los anteojos al piso y los trituró con el taco de sus botas negras; el mismo carcelero, u otro, que antes, en su celda del pabellón 10, le pateó el pecho encaramado en el catre en el que Di Benedetto estaba rendido, mirando los laberintos que la humedad y la desidia dibujaban en el techo.

Antes, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina había aterrizado en una base militar al sudeste de la ciudad de Buenos Aires. En ese avión, en vuelo, Di Benedetto fue golpeado en la cabeza, al tiempo que se burlaban de él, el abuelo, el más viejo de los presos trasladados desde el aeropuerto El Plumerillo de Mendoza.

Antes, Di Benedetto había pasado seis meses detenido entre la Penitenciería y el Liceo Militar General Espejo de Mendoza, ausente, incrédulo, sin enterarse de los cargos que se le imputaban ni del titular que el diario Los Andes publicó en su ausencia: “El país vive y trabaja normalmente”. O sí, quizás lo supo, y eso radicalizó el estupor que lo hacía pasearse por la cancha de fútbol, pura tierra seca, polvo, apartado de los otros presos que conversaban entre ellos, mirándolo con curiosidad y algo de recelo. Di Benedetto caminaba solo, tratando de entender lo que le estaba pasando y de aferrarse a los restos de sol que sobrevivían a esos últimos días de marzo de 1976.

Antes, una patrulla militar había irrumpido en las oficinas del diario Los Andes en busca del subdirector. El subdirector era él, Antonio Di Benedetto, en la práctica el responsable absoluto del diario, desde hacía ya casi diez años: la Dirección la ocupaba un muerto, el hijo del fundador del diario, como la camiseta que queda vacante cuando el ídolo se retira. Di Benedetto consiguió que lo sacaran por la parte trasera del edificio, para que la gente que se agolpaba por la calle San Martín, tratando de leer las noticias frescas escritas en una pizarra, no lo vieran reducido como un delincuente, avanzando a culatazos. A él, un hombre pulcro hasta la manía, el periodista que jamás salió a la calle sin corbata.

Nunca sabría de qué se le acusaba, rumores hubo de ser correo del Ejercito del Pueblo, una excusa para torturarlo, para saber si sabía algo más de lo poco que decía saber. Porque Di Benedetto no militó nunca, en lo político era precavido, timorato incluso para algunos, y lo único cierto es que publicó la noticia de varias detenciones clandestinas, blanqueando los nombres de los detenidos, lo que en muchos casos terminó por salvarles la vida.

Antes, Di Benedetto había escrito Zama. Una novela de la espera, del horror de la provincia, de la condena ineludible. Quizás la más importante novela escrita en nuestra lengua.

Había escrito también otras, El silenciero y Los suicidas, y un sinnúmero de cuentos reunidos en, al menos, cuatro volúmenes.

Pero ahora está ahí, desnudo, el pelo revuelto, las costillas marcadas bajo el pellejo macilento. Está ahí, listo para morir acribillado junto a otros reclusos. Algunos de ellos ya conocían el truco, pero él no. Era una farsa, una variante más de la humillación. Los soldados reciben la orden, bajan sus fusiles y se alejan avergonzados, así los ve Di Benedetto, así los alcanza a ver, avergonzados por su propia miseria, avergonzados como él que está desnudo, agarrotado de miedo, sucio.

Después lo soltaron y deambuló por Buenos Aires buscando explicaciones. Nadie pudo dárselas, nunca, y eso terminó por desarmarlo. Y así, desarmado, partió a París. Después vivió en España, en Alemania, en Estados Unidos.

Después regresó a la Argentina.

Y después murió. El 10 de octubre de 1986.

Y aún mucho después, en noviembre de 2011, la periodista Natalia Gelós publicó Antonio di Benedetto periodista, un libro intenso y bien documentado, donde se reconstruyen estos y otros momentos poco conocidos de la vida de un autor ineludible.