Por Jorge Marchant Lazcano.
El 31 de agosto de 2010, avanzado ya el verano, me detuve en un quiosco en Nueva York. La portada de la revista Time estaba dedicada a un escritor. El gran novelista americano señalaba el titular. Se trataba de Jonathan Franzen y con cierta culpabilidad reconocí no haber sido capaz de leer “Las Correcciones”, su anterior novela hacia comienzos de la década del 2000. La bajada era aún más decidora: “No es el más rico ni el más famoso. Sus personajes no resuelven misterios, no tienen poderes mágicos o viven en el futuro. Pero en su novela “Freedom”, Jonathan Franzen nos muestra la manera en que vivimos ahora.”
¿Por qué se alertaba de esa forma al público lector norteamericano? De alguna forma Time se hacía cargo de informar que no estaban hablando de un best-seller. Su línea editorial había sido particularmente mezquina con sus grandes escritores, por lo que la aclaración parecía un poco de más. Desde su fundación en 1923, según se ha enfatizado, sólo había dedicado su portada con anterioridad a cinco escritores, a saber, J.D. Salinger, Vladimir Nabokov, Toni Morrison, y dos veces a James Joyce y a John Updike.
Es decir, Time se había desentendido desde “El gran Gatsby” de Scott Fitzgerald en 1925, “Una tragedia americana” de Theodore Dreiser al año siguiente, “Las uvas de la ira” de Steinbeck en 1939, y ya nos saltamos a “Vía Revolucionaria” de Richard Yates en 1961, “A Sangre Fría” de Truman Capote en 1965, “La decisión de Sophie” de William Styron en 1979 o “Pastoral Americana” de Philip Roth en 1997, – por nombrar apenas unas pocas -, de grandes novelas y autores del siglo XX.
En fin, haciendo el ejercicio de olvidarnos de lo que ocurre en el resto del mundo porque ya sabemos que para los norteamericanos, el resto del mundo prácticamente no existe a su mismo nivel.
¿Qué tenía entonces “Freedom” para merecer este notorio privilegio?
Ya desde “Las Correcciones” se le había señalado como un escritor de grandes novelas más cercanas al siglo XIX que al siglo XXI, según dijo Lev Grossman el autor del artículo en Time. Novelas por completo ajenas a ciertas miniaturas europeas o latinoamericanas, según me atrevo a establecer. Es prácticamente un victoriano, agregaría Grossman y es curioso descubrir que entre las obras señeras que Franzen reconoce se encuentran algunos clásicos como “La cartuja de Parma” de Stendhal, “Al Este del Paraíso” de Steinbeck – una de mis novelas favoritas – y “The House of Mirth” de Edith Warton. (Franzen prefiere a la discípula por sobre Henry James, el maestro).
Ciertos críticos en una majadería cercana a la publicidad editorial intentan conectarlo con un Balzac o un Tolstoi y de eso el mismo Franzen es culpable al introducir dentro de “Freedom” una leve lectura de “Guerra y Paz” por parte de Patty Berglund, su personaje central femenino. Pero la capacidad de análisis de Patty, una deportista, se reduce a líneas generales de los romances de la novela de Tolstoi, casi como si estuviera siguiendo el argumento de la versión cinematográfica. Pero, claro, una novela que se titula “Libertad” puede remitir en su afán totalizador a un monumento como “Guerra y Paz”. ¿Lo habrá logrado Franzen?
Los personajes de Franzen, por cierto, están más en la guerra que en la paz, claro que dentro de sus desoladas existencias y sus desolados escenarios tanto rurales como urbanos, lejos de Bin Laden y la guerra en Irak, aunque cercanos al desenfreno moral y económico que corrompe a su país.
La novela se abre como en una suerte de overtura con la presentación del matrimonio formado por Walter y Patty Berglund, en algún sector urbano de clase media acomodada en Saint Paul, Medio Oeste. Tienen cierta cercanía a la pareja perfecta, él es un abogado con ánimos ecologistas que irán progresivamente en aumento hasta la altura del delirio, ella, una ex deportista perfeccionista intentando ser buena madre y mujer perfecta. Pero sus hijos parecen pensar otra cosa, y Joey, su único hijo varón coquetea peligrosamente con la derecha republicana y con la hija de una vecina ordinaria y también republicana que le abre las puertas de su casa, creando el primer conflicto visible para los lectores.
De ahí en adelante, la novela se hará cargo – con momentos impresionantes y otros tediosos y sobrecargados de información -, de un sexteto de personajes centrales, principalmente a través de una suerte de diario de vida de Patty, una autobiografía escrita a sugerencia de su psicoterapeuta, pero extrañamente redactada en tercera persona. Capítulo por medio van avanzando también las historias y los puntos de vista de Walter, de su hijo Joey, y de Richard Katz, amigo íntimo desde la juventud de Walter, rockero con cierto éxito, y amor secreto e inconfesado de Patty. En ninguno de ellos, la libertad personal les acarrea felicidad.
Un cruce de relaciones familiares y sentimentales no daría para escribir una novela con semejante título y 667 páginas. Y ahí es donde Franzen asume el desafío y se hace cargo de grandes conflictos propios de nuestro tiempo – nuestras propias guerras -, en la figura del conservacionismo ecológico, más claramente el cuidado de las aves, en especial la especie “cerulean warbler” traducida como reinita cerúlea, ciertamente una metáfora que se hará carne en Tabitha, la joven asistente india de Walter Berglund, sacrificada en su juventud como las aves migratorias que chocan contra los edificios en sus cruces continentales o despedazadas por millones de gatos domésticos a los que Walter odia (y es probable que Franzen, gran observador de las aves, también.)
El panorama que Walter presenta del mundo es sencillamente espantoso y la gran fuente del desastre sería el aumento irracional de la población: “En las dos semanas y media transcurridas desde su encuentro con Richard en Manhattan, la población mundial había aumentado en siete millones de personas… destinados a deforestar montes y contaminar arroyos y cubrir prados de asfalto y tirar basura plástica al Océano Pacífico y quemar gasolina y carbón y exterminar otras especies y obedecer al puto Papa y producir familias de doce miembros.”
Es por eso que pronto el gran tema político de Walter será la creación de una organización que lucha a favor de la disminución de la población, mientras su historia personal se va a pique (y debe confesarse, incluso, que aún así quisiera tener otro hijo…) Aunque, claramente, este es también un tema relacionado con la libertad americana: “…hablar de menos niños implica hablar de límites de crecimiento. ¿Verdad? Y el crecimiento no es precisamente una cuestión secundaria en la ideología del mercado libre. Es la esencia misma. ¿Verdad?… El capitalismo no admite hablar de límites, porque el capitalismo en sí consiste en el crecimiento incesante del capital. Si uno quiere hacerse oír en los medios capitalistas, y comunicarse en la cultura capitalista, no puede presentar la superpoblación como algo negativo. Es todo lo contrario”. (Si no lo sabremos nosotros en Latinoamérica.)
Y a propósito de Latinoamérica, cuando se habla de la “universalidad” de estas grandes novelas, no puede dejar de verse un sesgo racista al enfrentarse con realidades ajenas. Sucede con el viaje de Joey a la Argentina y Paraguay, en donde Franzen desliza una serie de lugares comunes sin mayor información e interés. Todo lo que sucede más allá de las fronteras norteamericanas parece materia muerta, condenada, perdida. El mismo Franzen lo ha dicho: “No escribo para todo el mundo.” Eso queda claro. Los escritores norteamericanos escriben pensando solamente en su realidad, en sus lectores, aunque luego señale: “Escribo para la gente que no encaja en él. Para los que no están satisfechos y sienten vergüenza. Escribo para los misfits.”
Los inadaptados estamos en todas partes, sin duda, en el Medio Oriente devastado por la codicia, en el África muerta de hambre por las enfermedades, o en nuestro continente pobre de espíritu, más aún que en la isla de Manhattan.
Nos salva quizás la posibilidad de comprender desde nuestras miserias la realidad de ese primer mundo también condenado en donde la libertad individual – ese tesoro que han perseguido desde sus inicios como nación – es reconocido tan bien por Franzen en esta observación: “…no fueron las personas con genes sociables las que huyeron del superpoblado Viejo Mundo hacia el nuevo continente: fueron las que no congeniaban con los demás.”
Puede que, si en diez años más, Time le dedica una nueva portada a Jonathan Franzen por otra novela, ya no se diga que no es el menos rico ni el menos famoso. El asunto será que desde su mirada establecida en el Upper East Side de Nueva York sea capaz de mantener la convicción de la libertad en el más amplio sentido social para describir momentos de gran derrumbe que cruzan su territorio de costa a costa, y que se encarnan en la descomposición de personajes tan dolidos como Patty y Walter Berglund esperando su redención. En ese dolor estamos sin duda todos.


