Sobre “Un hombre llamado Lobo”, la más reciente novela del argentino Oliverio Coelho.
Por Luis López Aliaga.
Silvio Lobo, el protagonista de la novela, se pasea con sus dólares metidos en un calcetín, dólares que, por lo demás, son producto de la corrupción como ex Inspector de Salubridad de la Dirección de Higiene y Seguridad Alimentaria.
Es la imagen de una crisis permanente, infinita, llena de “comerciantes sodomizados por la hiperinflación”. Una crisis que hoy se universaliza ante nuestros ojos hasta parecer un mal chiste premonitorio: pinta tu aldea y serás universal.
Buenos Aires es una ciudad en ruinas, una ciudad algo espeluznante, “un conglomerado hormonal de cemento y transacciones espurias que se multiplicaban a cada milésima de segundo”. Una ciudad de la que se huye, para llegar a un poblado a orillas del Río Negro, a casi mil kilómetros de la Capital Federal. Momentáneamente Lobo se siente allí cómodo y seguro, un desterrado en el interior del interior, en un pueblo donde todos parecen estar muertos.
Pero la geografía argentina que se recorre y se palpa es, sobre todo, representación de una geografía íntima, un mapa de cuerpos marcados por el tiempo y por la historia.
Cuerpos mutilados, cuerpos con cicatrices, desfigurados por la desnudez, con pozos de celulitis y capas de carne crecida en las caderas como una doble piel. Cuerpos con tatuajes y piercings como los de Belén, la puta que Silvio mira siempre con esa cuota de asco que le despierta el cuerpo femenino.
Cuerpos marcados por la crisis, “como si todo lo que su piel soportara fuera en realidad el testamento de una sociedad futura”.
Es una erótica de la mutilación, del daño. El cuerpo de Celeste, la renga, despierta el deseo de los hombres y, en su noche nupcial, Silvio tiene “la impresión de que estaba por cometer un acto enfermo” y eso lo excita más todavía.
Es también la crisis del macho argentino, del macho en general.
Hombres que, sin éxito, intentan explicarse a las mujeres en torno a un asado, a un gran pedazo de carne que espera en las brasas para ser devorado, como en las cavernas. Es la reelaboración, si se quiere, del tango de la perra que abandona: “que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos, que te abrás de las paradas con cafishos milongueros…”
Una neomisoginia de bestias lastimadas, machos llorones y dolientes que viven el duelo como “una santidad asaltada”. Es la energía que permite soportar el abandono, y el narrador, ya no Lobo, asume aquí un rol de tipo nerudiano: yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
Es parodia, claro, parodia que evidencia y denuncia, parodia que se ríe también de ciertas convenciones literarias. En esa mafia pueblerina, de hombres rudos sin mujeres, se llega al punto de crear la Sociedad Protectora de Hombres Solos y Maltratados, con subsidio del municipio y todo. Es una farsa más, porque uno intuye el sentido corrupto de la iniciativa, una fachada que se aviene bien con la corrupción del sentimiento del macho abandonado.
Ahí está el origen del poder corrupto, del poder masculino de lenta combustión. Y es también algo así como el reverso paródico de la resucitada Marcela Serrano y su Albergue de las mujeres tristes.
Quizás esa sea la verdadera búsqueda en la novela, la búsqueda de una nueva identidad posible ante la crisis. Es eso lo que justifica el peregrinaje, la huída, el ir y venir errático, azaroso, que en algún momento se adentra también en la Pampa, esa otra mitología del alma argentina.
Es una novela de viaje, de búsqueda y de fuga, pero es sobre todo una novela de pérdida, de perderse, de perderse hasta desaparecer en el propio territorio, en la propia aldea interior, donde el vínculo con el otro parece imposible.
Si hubiera que utilizar una palabra para definir la obra de Oliverio Coelho, elegiría la palabra “extrañamiento”. Como exilio y como extrañeza, como asombro ante los mínimos gestos de sobrevivencia humana.
Es la imagen viva del destierro, ese que es siempre interior, ese que no atraviesa fronteras, porque se radicaliza en la propia conciencia de la derrota.



