“Tiene que ver con el aire de renovación y escándalo que introdujeron ellos, los Veteranos del 70, como el propio Olivárez bautizó a sus compañeros de generación en una antología que reúne a autores como Poli Délano, Luis Domínguez, Ariel Dorfman, Eugenia Echeverría, Cristian Huneeus, José Leandro Urbina.”
Por Luis López Aliaga
Tiene que ver con aconcharse los meaos. Con que no me imagino a los abuelos del 50 diciendo que se le aconcharon los meaos, ni a la vieja nueva narrativa y su sueño noventero de internacionalización, ni tampoco a los jóvenes que escriben como traducciones de Anagrama o en mexicano de El Paso. A todos se les aconchan los meaos, supongo. Tiene que ver con que Carlos Olivárez (1944-1998), el “mono” Olivárez, usa la expresión en el cuento “Combustión interna” y al tipo ahí, nerviosón frente a la chica con a la que tuvo un affaire telefónico, se le aconchan un poco los meaos.
Tiene que ver con que los narradores argentinos llenan de argentinismos sus textos y todos celebramos su soltura, su desparpajo. Qué bien suena: “Franelamos a lo loco, hacía calor, ella se tiró sobre el pasto y se bajó el lompa azul del laburo y me dijo subite”.
Olivárez dice al tiro, ligerito, metirosazo, cabro chico, lucas, lesera, pichula (no polla, no verga, no pene), caperuzo, hacer pichí. Dice cosas como “Me voy conejeando por las calles, estirando las baldosas y, si estoy con suerte –que anda escasona por estos días de tormenta- bajo un cielo espeso me topo con Carlos y nos metemos ceremoniosamente, convencidos de ser los tipos más libres de la angosta faja, en la barra del Unión, el Maxim o el Torres, donde ya antes que lleguemos a acostumbrarnos a la orfandad tenemos un vaso de vino blanco en las manos”. Y usa expresiones como andar meado de perro o fresco de raja o irse de raja. Y no sé, como que a todos nos parece puro naturalismo costumbrista, pura chacota, muy chileno, o sea, muy rasca ¿no?
Tiene que ver con un encuentro en la Biblioteca de Santiago, donde el tema era la influencia de la cultura pop en la obra de los jóvenes ahí presentes: Simón Soto, Antonio Díaz, Pablo Toro, Rodrigo Olavarría. Y, claro, era un poco como hablar de la influencia de la luz eléctrica, porque hoy lo pop lo es todo, está en todas partes y, en la narrativa chilena, viene de lejos. ¿De dónde? Lo más remoto que llegaron a avizorar estos jóvenes fue Fuguet y los veteranos de la Zona de Contacto. Entonces recuerdo que pensé en Carlos Olivárez y en sus citas a Sandro, a los Bric a Brac, a Four Season, en sus referencias a los tarros de Pomarola o el pisco Tacama, en sus homenajes a Marlon Brando y Olivia Hussey.
Tiene que ver con el aire de renovación y escándalo que introdujeron ellos, los Veteranos del 70, como el propio Olivárez bautizó a sus compañeros de generación en una antología que reúne a autores como Poli Délano, Luis Domínguez, Ariel Dorfman, Eugenia Echeverría, Cristian Huneeus, José Leandro Urbina.
Tiene que ver con que ese no es el único mérito de los cuentos del Carlos Olivárez, que son cuentos en movimiento perpetuo, vitales y vivaces, sin pausas, como si se escribieran caminando o andando en bicicleta o manejando un Fiat 600, mientras se contempla la ciudad con la mirada nunca asimilada del que viene de provincia. Narradores en primera persona que hablan mientras el relato se arma y se desarma ante nuestros ojos, siempre asidos a un humor triste, un humor a veces desgarrado.
Son dos libros, Concentración de bicicletas (reeditado hace poco por Simplemente Editores) y Combustión interna; quince cuentos que mantienen un estilo, una forma de mirar incluso, pero que también marcan un abismo, un corte brutal y definitivo. Publicado el primero en 1971 y el segundo en 1987, leerlos juntos hoy, de un tirón, es armarse, por contraste, un mapa íntimo de la infamia. Pasar de cierta inocencia esperanzada en Concentración de bicicletas, a la obscena violencia de Combustión interna, del juego de la conquista amorosa a la locura y sus límites inciertos, de la activa presencia de lo erótico a la intromisión de la muerte y sus métodos políticos.
Un antes y un después unidos por la misma obstinación de personajes que intentan comprender el caos, dulce o amargo, de su existencia. Tiene que ver con un inventario de lo que permanece en pie después de la catástrofe. Y también con la constatación de que, frente al horror, a todos se nos aconcharon un poco los meaos.


