Por Rodrigo Ortega Chavarría.
Cuenta el Macro relato estructural occidentalizante de la Historia del Arte, su mito, su concepto, alegoría o lo que se quiera, que en la antigüedad – distinguiendo notoriamente de la “Modernidad”- las producciones visuales cumplían un rol específicamente funcional respecto del estadio de situaciones que dichas imágenes evocaban o más bien, parafraseando a la vulgata contractual académica endémica endemoniada; “sustituían”.
Bueno, cuento corto, la gracia y efectividad del grupo autodenominado A.S.F. (Artistas sin Futuro) es que más allá de la divina grazzia de tener el buen oficio de las disciplinas pictórico representativas, sus producciones nos ponen de manifiesto – así como otros aciertos visuales de egresados o estudiantes de artes- en tiempos de manifestaciones la operatividad ambivalente de las cosas, o sea, esa vieja alquimia transformadora de la mierda en oro, de la puteada en verso, del gargajo en oropel, del moco colgando en fino arete de ámbar y tantos otros ejemplos posibles que – sabemos- a usted se le están ocurriendo en este mismo instante.
Es decir, en esas producciones se ha depositado todo el encono, fervor, humor socarrón y solemnidad corrosiva que por lo habitual solemos encontrar en el baño público. Y de hombres debiéramos agregar. La zona específica en la cual los garabateados “monos” no cumplen otro objetivo sino el de “ser” y sólo “ser” para la finalidad hiriente, gozosa o sádica. Lo divino (léase como un argentinismo, como esoterismo y como amaneramiento también) del trabajo A.S.F. es que cargados estos afiches en las marchas terminan cargados también de energía de masa manifestante. Cuestión que se hace notoria al momento de ser expuestos estos afiches pendones pancartas como “obras” en una floreciente galería al interior del sitial del conocido conglomerado de artistas llamados “Caja Negra”.
Este espacio, “Espacio Flor”, flor de espacio (continuando las cursilerías) albergó, hace muy poco, estos gloriosos estandartes que, esta vez expuestos, coquetean con la lógica contemporánea del arte perdiendo en ese guiño su masividad y astucia para la camaradería y el compinchaje del compañero marchante que, al ver los carteles, lo único que desea es sacarse una foto con ellos ¡Pero claro! el selecto grupo que esta vez se fotografía con ellos en la Galería no deja de retornar al lugar que los hace nacer; la marcha. Muchos hemos sido testigo de ello.
Pero para todos aquellos despistados de siempre es que se prepararon estas líneas que se acaban de leer buscando también el tono que aquellos carteles consagran y determinan (Siempre se espera estar a la altura de las situaciones). Sin embargo, no se puede terminar sin incorporar lo que no puede faltar en exposición alguna que se jacte de ser expuesta en galería de tomo y lomo.
Es por esto, que en esta primera entrega discursiva para Revista Réplica me tomo la libertad, gracias a la gentil y desinteresada colaboración de Horacio A.S.F. Valdés, de publicar las líneas certeras preparadas por él para dicha muestra expositiva de los carteles y estandartes de A.S.F. en Espacio Flor.
Dichas líneas de Horacio A.S.F Valdés siguen entonces así:
Contingencia Pre Revolucionaria
No hay nada nuevo en esta Contingencia. No tiene la consistencia, ni el espesor de la carnación acostumbrada de las estatuas. No hay bronce, no hay mármol; no hay voluntad plena, ni existe una certeza absoluta. Hay girones, trozos, retazos, estructuras precarias de apoyo, oportunismo y una contingencia. Es decir, puede o no suceder, el asunto es quemarse mientras discurre y organizar lo poco para celebrar la posibilidad.
La situación adolece de espontaneísmo, voluntarismo, y de antemano viene condenada por el revisionismo. Un mesianismo de tercera, ya que ni siquiera postula la efectividad de su hacer, reventado por la inercia de la repetición y lo efímero de la virtualidad.
La actividad germina en un ciclo que se repite, en un rito que se naturaliza, que conserva el eco inconsciente de una actividad de cambio incapaz de regenerarse a sí misma.
Sin embargo, del rictus monocorde y periódico de la situación, repito, hemos pasado a un estado de contingencia. El conjunto de acciones, y sus productos, levantan una conciencia cerrada sobre sí misma, pero lubricada por el dinamismo de la grosería y el diálogo coloquial, sin querer, como el que se enrarece por repetir algo demasiado tiempo mientras su cuerpo cambia y genera un sentimiento de desagrado por los instrumentos que tiene entre manos, al mismo tiempo que disfruta repitiendo un movimiento y se concentra en una explosión pequeña.
Los íconos yacen en el suelo, salvadores de segunda, que pese a estar sujetos a la misma afectación de masividad, siguen creyendo en su verdad, vendiendo su verdad, pertrechando con su verdad la letanía serial. Figuras, próceres y objetos de las matrices nacionales que sucumben ante la superficialidad de su reproducción, ante el apetito de la masa que se nutre a sí misma.
Nunca hemos visto una estructura pulcra, ni geométrica, ni pura, completamente racional y calculada. Es parte del rito vivir mezclando, combinando, figurando, re-figurando; un apetito generado por el ansia de vernos reflejados, representados, pero sin convencernos por alguna síntesis final.
Recortamos, pegamos, componemos sin preocuparnos demasiado si los trozos calzan o no; sin base que garantice la estabilidad y prestancia suficiente para cobijar nuestra actividad dentro de un relato institucional. Lo único que se conserva es la línea de ensamblado, los puntos de contacto proyectados en el espacio de conversación obscena, las miradas que cruzan un escenario y una representación del mismo, una contingencia imaginativa.
Observamos las líneas de la estructura, volubles, volátiles, cambiantes, pero siempre presentes. Se levantan como la constante, son la médula del rito, la columna que sostiene sin preservar el material, cambian los puntos y el plano, pero la línea conecta, transita, es la esencia de la posibilidad. Se sostiene solo el rito, que se desploma, que volvemos a edificar, aprovechando los hilos de la Catedral.
En el centro de las líneas hay cadáveres aplastados por el peso de las paredes de nuestra Iglesia, desplomados una y otra vez. A la fruta reventada le salen pelos. Los pelos están al centro, junto con el apetito.






















