Oscar Contardo, el autor del aclamado “Siútico”, deja constancia en su amarga, terrible, decidora historia, que el vocablo homosexual “inevitablemente está teñido de una genitalidad que nubla los aspectos emocionales de la relación. Es, sin lugar a dudas, una palabra con una carga histórica más cercana al trastorno médico y la criminalidad, que a una descripción de una relación romántica entre dos seres humanos”.
Por Jorge Marchant Lazcano.
El primer golpe de efecto en la narrativa de “Raro” lo da el ex Presidente Aylwin cuando en 1993 señala a la prensa danesa: “En general, la sociedad chilena no reacciona con simpatía frente a la homosexualidad.” Con esa sonrisa bobalicona que caracterizaba al ex Presidente demócrata-cristiano, daba una respuesta contundente y veraz sobre la discriminación que sufrían los homosexuales en ese país del fin del mundo. Había vuelto la democracia y ese era el discurso oficial. No había otro. No lo hubo nunca.
Oscar Contardo, el autor del aclamado “Siútico”, deja constancia en su amarga, terrible, decidora historia, que el vocablo homosexual “inevitablemente está teñido de una genitalidad que nubla los aspectos emocionales de la relación. Es, sin lugar a dudas, una palabra con una carga histórica más cercana al trastorno médico y la criminalidad, que a una descripción de una relación romántica entre dos seres humanos.”
La homosexualidad se constituye así desde el origen del Nuevo Mundo, para no ir más lejos, en genitalidad y coito, carne y placer, todo aquello que el cristianismo “tiende a juzgar como lo menos valorable de una relación amorosa”. De acuerdo a eso, los conquistadores no venían sólo con pestes contagiosas, armas, caballos, sino, principalmente, con las ideas del viejo mundo; las ideas de los Reyes Católicos que veían por igual a judíos, moros, herejes, brujas y sodomitas, todos directo a la hoguera.
La sensación de extrañeza, de horror ante el pecado nefando, se impone a los españoles desde el momento mismo que se enfrentan con los indígenas al otro lado del mundo. Vasco Núñez de Balboa no tiene reparos en lanzar la jauría de perros que traía para defenderse de caníbales, en contra de un grupo de nativos, “hombres obsequiosos que vestían afeminadamente con ropas de mujer”. Ya se advertía el pecado aunque no se viera. Los perros hicieron de las suyas según quedó constancia en un grabado flamenco.
Chismes, habladurías, acusaciones sigilosas, infamia, cruzan esta historia de ocultamiento a través de los siglos. Aunque el país intentara hacer creer que estábamos constituidos por un pueblo vigoroso y macho que combatía ferozmente y ganaba guerras, intelectuales como Juan Rafael Allende hacia fines del siglo XIX cargaba las tintas contra las costumbres extranjeras importadas por la oligarquía, tan peligrosas como los inmigrantes europeos o los cholos.
Todos ellos, de alguna forma, determinaban la acusación lapidaria: “¿Hay algo más repugnante, más inmoral que un maricón?”
El siglo XX, sin embargo, permite vislumbrar por primera vez la otra cara de esta realidad ocultada, desde el ámbito de la cultura. Tal vez pueda ser la romántica figura de Augusto d’Halmar, el padre de la literatura laica, democrática, el Primer Premio Nacional de Literatura, autor de “Muerte y Pasión del cura Deusto” considerada la primera novela homosexual escrita en América Hispana. Escritor fuente de leyendas, tal vez sea menos explícito que el gran crítico Alone, quien da las primeras pistas literarias sobre una sociedad de hombres, “una subcultura de márgenes, criminalizada, en convivencia con la delincuencia y la prostitución.”
Se suman, por cierto, las voces de Benjamín Subercaseaux, de Gabriela Mistral, autores que como sus pares europeos (Gide, Thomas Mann, Forster, García Lorca) crean su literatura sobre el doble juego de la culpa y la justificación. Muchas veces oscurecen el significado de sus textos para escapar de la censura.
Esta sensación de abismo, de caída al infierno, no ha dejado de provocar la curiosidad incluso para intelectuales heterosexuales, conservadores y católicos como Gonzalo Vial Correa quien al prologar los Diarios Íntimos de Alone señala que hay “una parte normal de la parte afectiva que los diarios registran con detalle, y otra oscura, temida, vergonzante y a la vez irresistible…”. No sería intolerable para Enrique Lafourcade adueñarse de ciertos relatos de homosexualidad en el balneario de Horcón para cimentar su fama con la novela “Pena de muerte” en los años cincuenta.
Se lamenta al respecto la ausencia de otros escritores muchísimo más nobles que el homofóbico Lafourcade, como Jaime Valdivieso y su espléndida novela “Nunca el mismo río”, así como María Elena Gertner, una voz perdida de la generación que escribió contundentes novelas relacionadas con la homosexualidad, figura además relevante en los años 50 y 60, en la consolidación de la relación de ciertas mujeres libres y cultas y su amistad con hombres homosexuales, lo que muchas veces se asocia con el feminismo (recuerdo haberla visto en una ocasión en esas fiestas gays que se celebraban en departamentos hacia comienzos de los años setenta, junto a Tomás Vidiella, una especie de reina madre que fue llamada a atender a los pacos, cuando sucedió lo inevitable y el pánico cundió por los salones).
Momentos particularmente aberrantes los constituyen la prensa chilena desde siempre. Contardo tiene -con buenos motivos-, una particular aversión a los pasquines de izquierda como “Clarín” y “Puro Chile” aunque con menos insultos y tal vez menor agresión, la prensa reaccionaria no ha hecho otra cosa. Así lo demuestran al paso dos figuras relevantes. La homofobia desatada e insultante del tal Gato Gamboa, director de “Clarín”, para mi vergüenza, profesor en la Escuela de Periodismo durante la Unidad Popular. Y al mismo tiempo, la solapada Raquel Correa quien en “Vea” escribió un reportaje cierto (las relaciones sexuales en ciertos cines santiaguinos), pero mirado con tal asco y tal desproporción moral que habría que mirarla desde ahora con asco a ella.
Debo hacer una pequeña confesión que pase por alto al momento de ser entrevistado para este libro. Mi juventud durante la Unidad Popular, al margen de las persecuciones, arrestos, redadas, ampliamente divulgadas con el apoyo de la Policía de Investigaciones, fue uno de los períodos más felices de mi vida. Nada me impidió desarrollar mi incipiente condición homosexual, enamorarme de compañeros de izquierda, acostarme con dirigentes políticos en un clima de liberalidad. De cualquier forma, nuestra educación, la certeza de que nuestras vidas iban por un cauce distinto, ajenos por completo a los sentimientos de nuestras familias, seres absolutamente aislados, no nos permitió ver la indignante y humillante condición en que vivían otros homosexuales, asesinados incluso en el más absoluto silencio de las autoridades. En Chile no existía discurso al respecto y avergüenza el desconocimiento histórico en que vivíamos.
La homosexualidad no era un “tema”, pese a “La muerte en Venecia”, la película de Luchino Visconti que estremeció a las audiencias homosexuales e indignó a los conservadores, suponiendo que Visconti había hecho una película gay de una novela seria. Aún así, el homosexual que Visconti erigía como modelo emblemático era un ser patético, pedófilo, enamorado de un adolescente. La homosexualidad era una amenaza de la cual todos éramos víctimas silenciadas.
Todo esto prosiguió inamovible durante la dictadura… y de acuerdo a las palabras iniciales de Aylwin, no se habría modificado sustancialmente con la nueva democracia.
El sida es el corolario final de esta historia. Contardo escribe con infinita tristeza, pero con la dignidad que la enfermedad nos dio a los homosexuales: “fue el sida lo que hizo visible la homosexualidad en Chile y empujó a que la discriminación por la condición sexual de las personas se transformara en un asunto de interés público y de derechos civiles.” El sida de igual forma multiplica el temor. Hubo una generación –tal vez más de una que desapareció sin dejar huella-, el sida se convirtió en nuestra letra escarlata, lo llevamos marcado a fuego en el rostro. Pero como dice el epígrafe de “Sangre como la mía” que Contardo elige: “La enfermedad y la muerte no hacen más que salvarnos. A los que se marchan y a los que permanecemos.”
La historia no ha terminado. Se escriben nuevos capítulos quizás más optimistas, pero la homofobia prosigue siendo el último prejuicio aceptado. ¿Hasta cuándo?


