Luis Loayza y la ética del silencio

Por Luis López-Aliaga.

Una niña, Adriana, prende fuego a un montón de hojas secas, el humo la envuelve, las llamas casi la alcanzan. Ella ríe, ella, con su pantalones y con sus botas de montar, ríe ante los ojos de  un niño de ocho años que, luego, distante ya de los hechos, debe enfrentarse a la versión que la propia Adriana le plantea: no encendió la hoguera, no estuvo a punto de quemarse, a esa edad nunca usó botas de montar.

Es la memoria cuestionada, desmentida, es uno de los cinco relatos de Otras tardes, de Luis Loayza. La memoria enfrentada a su imposibilidad, a su naturaleza fragmentaria. El relato se llama, precisamente, “Fragmentos” y es una reconstrucción algo azarosa de la infancia, un ordenamiento desarticulado o, más bien, con una articulación emotiva, de la abuela que se fue volviendo loca sin que nadie se atreviera a decirlo, de los veranos en la playa haciendo patitos, de las siestas después de almuerzo,  de las apariciones o “penas”, del abuelo que se muere y le hereda a Jaime, el niño, el niño que adulto recuerda, la forma de irse de este mundo.

“Fragmentos” cierra el libro y no parece un gesto casual.  Es, diría, la decantación de una búsqueda o un descubrimiento que en los otros relatos aún se logra expresar en un orden más convencional, bajo un hilo narrativo visible, nunca demasiado evidente, en todo caso. “Fragmentos” no es un cuento, es una novela incompleta o, si se quiere, una novela que se escribe con los silencios formados entre los retazos que se narran. Lo señala Julio Ortega en el prólogo de los Relatos completos publicados el año pasado por la Universidad Ricardo Palma. El conjunto de la obra de Loayza, sus obras incompletas, dispersas, tentativas, nos muestra un lenguaje que se enfrenta a su incapacidad y que, desde ahí, extrae una luz, un chispazo de luz, que encandila y vuelve fraternalmente cómplice al lector.

Otras tardes, publicado por primera vez en 1985, es su obra más conocida (¿alguien conoce realmente a Luis Loayza?), pero hay más. No demasiado más, algunos textos breves, de aliento clásico y resonancia borgeana, reunidos en El avaro y otros libros de escasa distribución, y una novela, Una piel de serpiente, publicada en 1964. Pese a que el punto de vista de lo narrado difiere por completo respecto a Otras tardes, en esta breve novela también se vuelve manifiesta esa incapacidad de nombrar el todo, grandilocuencia tan apetecida por los novelistas de su generación, entre ellos, la de su amigo Vargas Llosa. Una piel de serpiente es, como muchas de la época, una novela de las dictaduras latinoamericanas. Pero lo es de un modo distinto, sin énfasis, con héroes mínimos, un par de jóvenes que recorren Lima intentando publicar una revista opositora. Una porción de vida cotidiana descrita con una precisión y frialdad  que, una vez más, remite a lo que no fue dicho, al amplio mundo que quedó fuera del texto. Y es desde esa imposibilidad que emerge la historia, inacabada, llena de vacíos y silencios que parecen esconder también una dimensión ética del oficio de escritor.

Luis Loayza vive perdido en ese gran desierto que puede ser Ginebra. No va a ferias, no da entrevistas y dejó de publicar hace ya varias décadas. No sé si a sus setenta y siete años aún escribe. Es muy poco lo que se conoce de su vida, su biografía está, sin duda, en Otras tardes, en Una piel de serpiente y en ese maravilloso retrato del Inca Garcilaso que cierra Vocabulario y otros textos (que no es el ensayo que aparece en El sol de Lima): la vida de un expatriado, los momentos previos al instante en que la memoria se convierte en arma literaria,  momentos que suponen siempre otros momentos, el desprendimiento, la delicadeza y la dignidad de un relato que, al modo de una película de Lucrecia Martel, se abandona en el segundo exacto en que la historia parece comenzar.

No es sólo un estilo, digo, no es sólo una triquiñuela narrativa, es la constatación viva de una gran imposibilidad. La forma que se elige para enfrentar  dignamente lo que no se puede decir. Sabiendo que, a veces, casi siempre, no hay mayor dignidad que el silencio.