Por Luis López-Aliaga.
Alejandro Cabrera detuvo la fiesta. Tenía una sorpresa, dijo, una sorpresa para sus amigos, los amigos que habían llegado para acompañarlo en su fiesta de cumpleaños. Cumplía cuarenta, esa edad tan cargada de simbolismo y mistificaciones. Un regalo, dijo, les haré un regalo, y de alguna parte, como un truco de magia, sacó un paquete envuelto en papel café, como una encomienda que viene del sur. El regalo era un libro de poesía, Se hacen viajes espaciales, un libro escrito por el anfitrión de la fiesta, un ejemplar para cada uno de los invitados.
Cuando murió René Arcos, pensé en pertenecer. Y pensé en generaciones que nunca llegaron a serlo. Pensé en los silencios, en los que se quedaron en silencio, en las promesas hechas por otros, en un tiempo en que todos éramos promesas. Pensé en perderse, en generaciones perdidas. Pensé también en ser, en ser en la medida de lo posible, pensé en el maestro engordando en alguna embajada europea, en su falsa sonrisa bonachona. Pensé que todo eso era muy poco y, sobre todo, muy miserable, para establecer un manifiesto generacional. Pensé entonces en qué podía ser aquello que nos haría pertenecer. Pensé también en lo estúpido de los manifiestos, la ansiedad, el apuro por encontrar compañeros de ruta. Un deseo adolescente, pensé, y pensé que de todos modos somos siempre adolescentes, adultos incompletos, niños tardíos, hasta que la muerte nos agarra.
Para entonces ya había leído el regalo de Alejandro Cabrera. Y fue como un anuncio. (“Llegaron frambueza”, se lee en uno de los poemas, uno que habla de la muerte, y el título mismo del libro parafrasea el anuncio colgado en las micros antiguas, antes del Transantiago: “se hacen viajes especiales, tratar con el conductor”). El libro es, de algún modo, el anuncio de una huella generacional, apuntes de un manifiesto, ya sin la pretenciosa vanidad del manifiesto. Leyéndolo recordé, supongo que no por casualidad, esa antigua serie en blanco y negro que cuando niño veía en una caja enorme de madera: Perdidos en el espacio. El enemigo, el Dr. Smith, siempre tratando de meter la cola, conspirando, el mal ahí, en nuestro pequeño mundo lleno de incertidumbres. Era ciencia ficción, la serie transcurría en 1997, un futuro lejano, imposible. Hay un libro de cuentos de Carlos Tromben que se llama así. O dos, Perdidos en el espacio I y II. Así estábamos entonces, perdidos en el espacio, niños sin horizonte, con el horror zumbando alrededor, un ruido persistente, cotidiano, que en algún momento ya se deja de percibir, como el ruido de los planetas. En muchos libros de autores chilenos que no hace mucho pasaron los cuarenta, están esos niños perdidos, en más de algún sentido maltratados, en pugna sorda con los adultos, esos extraterrestres que hablan una lengua incomprensible. (Estoy pensando en Nona Fernández, en Alejandra Costamagna, en el propio Tromben, en Andrea Jeftanovic, en Marcelo Leonart. Estoy pensando en Gonzalo León, el niño perdido por antonomasia, el niño terco, malcriado)
“Años Setenta/ Nuestras casas olían siempre a insecticida/ y de la nada aparecían polillas en la leche/ Éramos muy niños/ Soñábamos con la Montaña Rusa mientras/ dormíamos casi encima del abismo (…) En nuestro barrio había varias de esas casas/ Por José Domingo Cañas/ hacíamos viajes espaciales en bicicleta/ Si las piernas nos acompañaban/ pedaleábamos hasta Seminario/ que era como pedalear hasta Plutón”, dice uno de los poemas de Cabrera. Yo también pedaleé por José Domingo Cañas y pasé frente al Castillo del Juguete, allí, pegadito al centro de tortura de la DINA, varias veces, una órbita que ya no existe, pero todavía. “El pasado se hizo para torturarnos” dice Cabrera. Puede ser. Pero los años, incluso los peores, pasan muy rápido, y sobre nuestras casas de antes hay ahora edificios que fueron nuevos, gigantes, pero ya envejecen, avisando que pronto nos cambiaremos, para siempre, de barrio.
Y ahora, cuando otro año se acaba, cuando comienza el fin del mundo, me llega un nuevo anuncio de Cabrera. Un anuncio que tiene, esta vez, la forma de una invitación: el 27 de enero presenta su novela Los soldados perdidos, bajo el sello independiente Das Kapital. Otro regalo, otro viaje para niños que van en sus órbitas elípticas o hiperbólicas y, de pronto, por esa persistencia del trazado de los astros, se cruzan y se saludan con cariño.



