Y así estamos, analizando los problemas sociales a través de números: la violencia se traduce en cifras delictivas, las protestas en números de detenidos.
Por César Maureira.
Escribir es un arte, una reflexión, una pausa necesaria. Cuando escribimos plasmamos ideas, establecemos críticas, damos a conocer opiniones y establecemos relaciones con otras personas, dinámicas de socialización en que la palabra escrita es una columna vertebral en la convivencia ciudadana.
Sin embargo, para escribir necesitamos tiempo; días, horas y minutos necesarios para plasmar la reflexión; sumado a la tranquilidad de la lectura pareciera que el escritor renuncia al mundo por un instante, se abstrae de él, se desvanece. Cada escritor es el resultado de su historia de vida, del tiempo histórico en el cual nació, de sus vivencias: penurias, alegrías, tragedias y triunfos. De este modo, cada una de nuestras ideas reflejan la heterogenidad de la sociedad, el prisma de cada autor se enfrenta con el de otro; un buen lector lee ambos mundos y establece sus conclusiones, las cuales como ya dijimos dependerán de sus historia de vida.
Sin embargo, al parecer la dinámica tecnológica moderna acaba paulatinamente con esta riqueza subjetiva. Ahora para opinar necesitamos tiempo: para leer, escribir, criticar; tiempos que mueren sepultados por dinámicas diarias, tiempo que no permiten criticar por ejemplo lo dicho por Fernando Villegas respecto a la construcción de la central termoeléctrica en Aysen; según él al fin y al cabo se trata de una “cuestión de números”. Y su comentario pasa desapercibido, números, sólo números. Como el número de muertos en las guerras, como el número de indigentes, como el número de afectados por el tsunami. Simples números que carecen de humanidad y de vida, números que están en un mural, en una lista de espera, en una morgue. Simples y meros números.
El reino de la técnica de apodera de la sociedad, un gobierno de carácter técnico que funciona bajo dinámicas macro – económicas que se reducen a sumas y restas, técnicos deshumanizados que no ven caras ni sociedades; sólo números. Los números invisibilizan los problemas, el ingreso promedio enmascará lo preocupante: sociedades cuya desigualdad es brutal, el reino de los “nadie” se expande, esos nadie que como el mismo Galeano señaló: “Valen menos que la bala que los mata”.
Y así estamos, analizando los problemas sociales a través de números, la violencia se traduce en cifras delictivas, las protestas en números de detenidos. Y los técnicos hablan a través de los medios, se jactan de la baja en algunos dígitos mientras explican el alza en otros: olvidan las causas, no les interesa solucionarlas: pareciera que los problemas sociales son naturales, son estructura mental reflejada por comentarios como el que nuestro presidente hizo unos meses atrás: “La delincuencia es algo natural en el hombre”. No hay nada que hacer, comentario técnico, válido en esta sociedad carente de crítica, carente de reflexión.
Así avanza el reino de la técnica, el imperio de los números, se expande raudamente ante nuestra impotencia. No hay tiempo para criticar, ahogados en nuestro quehaceres cotidianos vemos como nos vamos transformando en números que luego serán analizados por los “técnicos”, esos mismos que hablan “su” idioma, que no les importa ser entendidos por la sociedad, esos números que sufren tras cada medida adoptada.


