Cuando apagaron la eterna sonrisa de Manuel Gutiérrez

Era la madrugada del viernes 26 de agosto y finalizaba un paro de dos días encabezado por la CUT. Pero la bullida noche de cacerolazos, barricadas y consignas contrastaba con un silencio lúgubre en la Posta 4. Se había cortado la luz y la familia Gutiérrez Reinoso comenzaba a sentir un dolor sin final, hace algunas horas una patrulla de Carabineros había disparado a Manuel Gutiérrez de dieciséis años. Isaac, el más envalentonado de los hermanos, trató de mirar por una ventana cómo  reanimaban al muchacho, extrayéndole la bala, pero no pudo, le cerraron la ventana con pestillo. ¿Quién era Manuel? ¿Quién era el adolescente que recibió injustamente un disparo en el tórax? Un chico sonriente. Eternamente sonriente.

Por Tania Tamayo (www.pnews.cl)

Dicen que nunca tuvo miedo a expresar cariño. Antes de la separación de sus padres, hace siete años, se colgaba todas las noches de su papá cuando lo veía llegar después del trabajo. “Papito Berlín”, le decía. Y tantas veces lo llamaba así, que su progenitor, del mismo nombre que su hijo, pensaba que el apodo de “Berlín” venía por su sobre peso. “¡No! Te digo ‘papito berlín’ porque te echaría azúcar flor, papito, y te comería a besos”, le dijo un día el niño, que ni siquiera de adolescente dejó de abrazar a todo el mundo. Era como si el amor le brotara a chorros. A su abuela Lidia, una anciana no vidente, le había prometido no casarse nunca para cuidarla a ella y a Mireya, su madre. Labor que cumplía todos los días, con su “Viejita”, llevándola a comprar, al médico, o a la clase Simón Bolívar de la Iglesia Metodista Pentecostal de la población Jaime Eyzaguirre.

Era el menor de cuatro hermanos, lo antecedían Jaqueline, Gerson e Isaac. Y su origen humilde lo había motivado a ser un buen alumno. En el Liceo 5 de Macul y en el colegio técnico Saint Lawrence de La Florida,  destacaba por su rendimiento escolar, pero también por su iniciativa y buena voluntad. Un día después de su muerte, los del Saint Lawrence iban a jugar un partido de fútbol que el mismo Manuel había organizado. Cursaba tercero medio y había elegido Electrónica, con la intención de estudiar Ingeniería Electrónica al salir de cuarto.

Todos quienes lo conocieron dicen que de seguro sería el primero con una profesión en la familia. El primer Gutiérrez Reinoso con un cartón, que tal vez  sirviera para dar una mejor vida a su abuela, su madre, sus hermanos, y sus dos sobrinos (Martín y Monserrat).  Para eso viajaba todas las tardes a su colegio ubicado en Vicuña Mackenna con Carlos Valdovinos en la D7 o D16 del Transantiago y volvía de noche, corriendo y en uniforme, para llegar a la última oración al templo que quedaba a dos minutos de su casa.

También dicen que era “prendido” que no había actividad en la que no estuviera, que cada vez que se juntaban los jóvenes de la Iglesia, llegaba a la hora y en bicicleta, obligado a esperar que el resto llegara a la hora que quisiera. Pero él siempre era puntual. En las convivencias era bueno para ayudar y en los partidos de fútbol hacía de arquero, donde según los amigos no era el talento para el fútbol, sino la suerte, lo que hacía que atajara los goles. Pero eso bastaba para que todas las chicas cayeran rendidas a sus encantos. “Carroñero” era el apodo que le puso su grupo de amigos. Su tez morena, sus ojos verdes, y su infinita sonrisa destacaba donde estuviera,   apariencia acompañada, claro está, de piropos creativos, que lo convertían en el galán del grupo.

Muchas “viudas” dejó en la Iglesia. Con quienes se fotografiaba cual pokemón con la cámara fotográfica desde arriba y con el brazo extendido.

La noche del jueves

La noche del asesinato Manuel acompañó a Gerson, su hermano minusválido, a mirar las fogatas. Se encontraban en el pasaje Amanda Labarca a la hora del disparo y un par de horas antes había chateado por Facebook con su amiga Nickol Inostrosa “puras leseras, tonteras, bromas” –recordó ella-. Un día antes había visto a Benja Riveros, su mejor amigo, pero no había ido a la Iglesia esa semana aunque todos los miércoles llevaba a su abuela y los jueves participaba de las reuniones. El Paro Nacional había hecho que los integrantes de la Iglesia suspendieran las actividades por lo peligrosas que podían volverse las calles en las poblaciones Santa Julia y  Jaime Eyzaguirre.

Dicen que Gerson a veces se siente culpable por haberle pedido a su hermano que lo acompañara a mirar y que no olvida el momento en que Manuel cayó al piso. Fue Gerson el que nunca cambió la versión de los hechos, a pesar de las hipótesis que entregaron públicamente las autoridades, incluso el mismo Gobierno: que Manuel participaba de los incidentes, que ambos participaban de los incidentes y que Gerson estaba en una fogata… que Manuel había fallecido por una riña callejera.

Gerson sabía que no, siempre lo dijo. Vio el vehículo policial, junto a varios testigos, escuchó los disparos,  y después pidió ayuda, mientras se abalanzaba devastado sobre el cuerpo de su pequeño hermano herido. Manuel era sus ojos, o más bien sus pies. Lo trasladaba con cariño, donde Gerson necesitara. ¿Cómo no iba a mantener su versión? Su hermano se merecía que dijera la verdad. Mientras que Isaac, tal vez el más aguerrido, menos correcto y más carretero de los Gutiérrez Reinoso -y padre de una hermosa pequeña de ojos azules-, se encontraba  cuadras más allá, pero tras de recibir un llamado de Jaqueline,  acudió desesperado para ayudar a su hermano. La información errónea hablaba de un perdigón en el pecho de Manuel.  No era un perdigón.

Un vecino los llevó a la Posta en un camión blanco. Ahí encontraron un precario equipo médico de Urgencia. Veinte minutos después de llegar se cortó la luz. Una posta sin luz. La muerte rondaba. Sólo la fe que abunda la familia, en su mayoría cristiana, les ayudaría a soportar el sufrimiento.

Cristiano a toda prueba

Había llegado a los once o doce años a la clase Simón Bolívar de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile. Y de ser un niño silencioso había llegado a convertirse en una pieza fundamental. Nada le quedaba chico, dicen quienes lo recuerdan. Había sido secretario, teniendo que conducir las ceremonias, también ayudando al predicador con el himnario  o con la Biblia.  Había salido a predicar con los jóvenes de la Iglesia a la calle, a veces dentro de un grupo de quinientos muchachos. Y era quien estaba encargado del sonido, se preocupaba de los micrófonos, el ecualizador y los parlantes, era su especialidad. También en el templo y desde la sala de audio, le hacía bromas a su amigo Benjamín Quintana. Cuando éste del coro simulaba querer lanzarle una guitarra, y  Manuel,  escudado en los vidrios oscuros de la sala de audio, hacía gestos divertidos  que  hacían reír a Benjamín.

No había joven más solidario, subía y bajaba a los abuelitos por la escalera, cocinaba cuando había que hacerlo, ayudaba en lo que pudiera; hace dos semanas había pedido permiso al predicador Santiago Dawning para dejar por unos días su labor en la Iglesia e  ir a ver a su padre a Concepción.

En la Iglesia tenía amigos: los dos Benjas, Tabita, Felipe y Samuel, entre muchos otros. Ellos piensan que en los últimos meses estaba más maduro, como si estuviera más cerca de Dios.

Una semana después de su muerte alrededor de cincuenta jóvenes se juntaron a recordarlo. Quienes asistieron dicen que al principio todos comían, conversaban, escuchaban música, hablaban fuerte, pero que luego de eso se reunieron en el living para hablar del amigo ahora muerto.  Cada uno contó sus recuerdos, lo que sentía con esta pérdida. Esta vez Manuel los reunía, pero desde otra parte. Su madre confidenció esa tarde que siempre había dicho que si un hijo moría, ella moría con él, pero que su fe en Dios le había permitido sobrellevar estos momentos.

La despedida

Es domingo 29 de agosto. Los pobladores de la Jaime Eyzaguirre se reúnen fuera de la Iglesia. Un cartel dice: “La Jaime lo vio, un paco lo mató”. Días después se comprobaría que el suboficial de Carabineros, Miguel Millacura Cárcamo, disparó su ametralladora UZI (fabricación israelita y de norma en Carabineros) desde la avenida Américo Vespucio. Por ello nueve funcionarios fueron dados de baja. Incluso el abogado del suboficial culpado ha asegurado que a lo menos dos carabineros también habrían disparado. La investigación es compleja y todo indica que el hecho se quiso ocultar. Se limpió el arma, se cargo con otras municiones. Hubo una alevosía evidente.

En la fachada de la Iglesia también hay abogados de Derechos Humanos, y personalidades del mismo ámbito, como la Presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, Lorena Pizarro.

Pero adentro del templo se vive otra dimensión, menos terrenal, menos dolorosa. Adentro es otro paradigma el que prima. Es despedir a Manuel, pero dando gracias, por lo que ellos llaman un niño ejemplar. “No era un niño cualquiera”, dice el predicador. Y el coro canta fuerte con voces gloriosas. Nickol Quintana lo encabeza, canta Sublime Gracia, su voz tiembla  y sus ojos están llenos de lágrimas. Tantas emociones cruzadas. El ataúd es rodeado por muchachas de capa y sombrero gris  llamadas Relacionadoras. Otras jóvenes con un pañuelo púrpura en sus cuellos conforman el Protocolo. Y el término amén se repite una y otra vez. Manuel lo dijo tantas veces. En el púlpito se suceden quienes lo conocían con un mural de fondo como altar, es una imagen llena de nubes, y un cielo azul y perfecto, donde están seguros se encuentra Manuel.

No se decretó duelo nacional.  No hubo ningún ministro en el funeral.

Manuel nació un 25 de diciembre, se tomaba fotos para subirlas a Facebook,  hacía el símbolo de paz hacia la cámara cuando sus compañeros de curso levantaban con choreza el dedo medio. Había bajado sus notas en segundo, por lo que su madre como condición para seguir en la Iglesia, le había dicho que se pusiera las pilas en el colegio. Le gustaba el hip hop, especialmente el  Rhythm & Blues.  Música de americanos de color.  Le decían Manu. Manuel no estaba en la fogata como dijeron, y aunque hubiera estado nada justifica una bala a mansalva, pero no, no estaba en la fogata. Tampoco participaba de una balacera por venganza. Tenía una polola llamada Cynthia, muy joven, casi una niña, como él.

Dejó de existir por una cruel jugada del destino, o por una acción criminal, en medio de un conflicto social que parece no tener solución. Su causa sigue en proceso y sus conocidos oran por su descanso, la justicia terrenal y divina. Pero la fe en su entorno hace pensar que está feliz y que su muerte tiene un sentido. “Tengo una buena noticia-dijo el predicador en la despedida-, hay otro cielo y otra tierra”.  Otra tierra donde camina Manuel con sus grandes zapatillas blancas y donde ayuda a quién lo necesita. Donde no hay disparos percutados al aire, ni en diagonal, ni al tórax de un joven chileno de dieciséis años. Otra tierra y otro cielo para Manuel.

“Te amo, Manolito” –dijo Gerson en la despedida.