No iré a ver a Coetzee

Por Luis López-Aliaga.

No iré a ver al que es quizás el más importante narrador vivo del planeta, el más hondo, el más pulcro, seguro el que más admiro, leo y releo cada vez que puedo.

No iré a ver a Coetzee, que el 13 de septiembre dictará una conferencia en la Facultad de Arquitectura de la Católica, como parte del ciclo de “La ciudad y las palabras”.

No iré a verlo ni a escucharlo, porque no creo en Coetzee, no creo en su absurda presencia fuera del libro. No creo en sus opiniones de conferencista, prefiero siempre el juego tentativo de la ficción. Las opiniones contundentes del Diario de un mal año, por ejemplo: sobre Tony Blair, sobre el hecho de ser fotografiado,  sobre el aburrimiento, sobre la otra vida, sobre la vida política en Australia, sobre la gripe aviar. También sobre el lucro en las universidades, sin ir más lejos: “Si ha de sobrevivir el espíritu de la universidad, algo por el estilo deberá surgir en países donde la educación terciaria ha sido subordinada por completo a los principios comerciales. En otras palabras, puede que la auténtica universidad deba trasladarse a casas particulares y conceder títulos cuyo único respaldo serán los nombres de los  profesores que los firmen”.

O también sobre la autoridad en la narrativa: “Aprende a hablar sin autoridad, dice Kierkegaard. Al copiar aquí sus palabras, convierto a Kierkegaard en una autoridad. La autoridad no se puede enseñar, no se puede aprender. La paradoja es auténtica”

No iré a ver a Coetzee, porque ya lo conozco demasiado. Un libro autografiado, la foto tomada a la distancia con el Iphone, o la improbable posibilidad de sus ojos claros cruzándose casualmente con los míos, no me entregarán una mayor dimensión de lo que es.

No iré a ver a Coetzee, porque los medios seguirán repitiendo una y otra vez las mismas frases sobre el retrato que hace en sus novelas de la Sudáfrica del apartheid y recurrirán siempre a la escarapela del Nobel para explicar que se trata de una estrella. Sudáfrica, la violencia, los problemas raciales. Y yo no digo que todo eso no sea cierto, no digo que no sea necesaria la noble tarea de convocar nuevos lectores para su obra. Sólo digo que no iré a ver a Coetzee.

Iría, en cambio, a ver a la profesora Sophie Donoël, si viniera a hablar de Coetzee. La escucharía encantado, como cuando en Verano dice que en  la obra de Coetzee  “el control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión“.

Podrían ser, claro, las palabras de una amante despechada, pero fueron precisamente esas características las que a mí me atrajeron de Desgracia. Un placer doloroso, la prosa como un latigazo seco, preciso, sin adornos ni elocuencia dramática. Realismo, realismo puro y duro, donde la experiencia literaria vuelve a ser una experiencia vital más allá del ingenio y del truco.

No iré a ver a Coetzee, porque Coetzee es un fantasma, una ficción, un muerto que habla.

No iré a ver a Coetzee porque ahí me encontraría con muchos admiradores de Coetzee, pero jamás encontraría a Coetzee.

Iría si me aseguraran que en mitad de la conferencia irrumpirá Elizabeth Costello, así, inesperadamente como irrumpe en Hombre lento. Esa señora algo odiosa instalada junto Coetzee en el estrado, dando lecciones de caridad hacia los animales o sobre las complejidades de la literatura africana.

No iré a ver a Coetzee, porque estoy seguro que ni Coetzee cree en la figura pública que es Coetzee. Por eso se limitará a leer una ponencia que después, de seguro, publicará en alguno de sus libros. Por eso no da entrevistas y no entrega detalles autobiográficos si no es tamizado por la ficción. Porque siempre es el otro el que habla, siempre es otro.

No iré a ver a Coetzee, porque ahora que ya está muerto, fue la  propia Sophie Donoël  quien me lo confirmó: “seamos serios por un momento, en todo el tiempo que estuvimos juntos nunca tuve la sensación de que me encontraba con una persona excepcional de veras.  Sé que es duro decirlo, pero lamentablemente es cierto”.