El rap de los muertos

Por Luis López-Aliaga

Los muertos, nuestros muertos. ¿Qué medios encontrarán para seguir presentes, para saldar cuentas o para ordenar la historia que dejaron mal escrita?

En el inmenso espacio de lo innombrado, lo que existen son ruidos. Ruidos que se repiten una y otra vez, ruidos que parecen buscar un alfabeto. Son ellos, nuestros muertos. Un golpecito en el entretecho, un rasgueo bajo la mesa. Tienen ritmo, el ritmo sincopado de un rap, el rap espiritista que Luis Gusmán persigue en Los muertos no mienten, su último libro, la forma de su autobiografía, otra ficción.

Arthur Conan Doyle escribió la Historia del espiritismo. Allí cuenta cómo el alfabeto espiritista nace de un crimen, un crimen que se quiere resolver. Siempre hay un crimen por resolver. Un cuerpo, los restos, huesos ocultos en un sótano. Más tarde, sin embargo, el creador de Sherlock Holmes y su implacable método deductivo, le escribe a Houdini tratando de explicar la forma en que se debe acceder a los muertos. Fueron amigos, el escritor y el escapista, pero este tema terminó por separarlos.”No hay que ir con el espíritu con que un detective aborda a un sospechoso, explica sir Arthur,  sino con la actitud de un alma humilde y religiosa que anhela ayuda y consuelo”. Un alma de niño, podríamos decir.

Tenía nueve o diez años cuando por primera vez escuché a un muerto. El ambiente era propicio. El campo, ruidos inescrutables, la técnica ya adquirida por los mayores: un plato, una flecha, un papel con las letras del abecedario. Fue un cura que murió aplastado por el campanario de su iglesia, durante un terremoto. Después vinieron otros muertos, todos desconocidos, pero con personalidad propia, con temperamento incluso. Y con historia. Pero nosotros, a esa edad, sólo queríamos saber sobre el futuro, la única historia que nos importaba. No sé por qué se les asignaba a los muertos esa capacidad. Mi prima Edda anotó en un cuaderno todas esas predicciones. Sobre nuestros amores adultos, sobre los hijos que tendríamos, las profesiones, la muertes lejanas, imposibles. Nunca supe qué fue de ese cuaderno donde está escrito todo lo que soy ahora.

Parece asunto de otros tiempos. ¿Acaso hoy los muertos ya no tienen derecho a voz?  La sospecha  siempre ha caído sobre el discurso espiritista. Pero sobrevive, se levanta de sus cenizas, resiste. “El mundo, por mucho que lo intente, no puede insultarme. Soy invulnerable”, dice Smurov, el espíritu escurridizo y voyerista que narra El ojo, la novela de Nabokov. No es el único célebre que escribe sobre el tema. Gusmán habla de legitimar esta subcultura, darle estatus a un discurso de minorías que parece condenado al desprestigio. A parte de los citados, su biblioteca incluye a Roberto Arlt y Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, a  Cabrera Infante, a Ambrose Bierce, a Stevenson, a Gómez de la Serna, entre muchos otros.

No se trata, al fin de cuentas, de creer o no creer. Se trata de escuchar. De querer escuchar esos ruidos, esas voces. La psicofonía sigue empeñada en encontrar los mecanismos de la demostración. Se sabe que todos los esfuerzos y logros de Tomás Alva Edison iban en esa dirección, crear un instrumento que capte las voces de los muertos. “Resulta razonable deducir que quienes abandonan la Tierra desearían comunicarse con las personas que han dejado aquí”, dice el inventor del fonógrafo. Es una expresión de deseo. De amor. De amor a la madre. Su vida quedó marcada por el dolor de esa pérdida y no logró resignarse nunca, quería volver a escuchar a su madre.

Tal vez todo se resuma a eso,  a un anhelo profundo, a la necesidad de volver a escuchar las voces perdidas. Y quizás las escuchamos porque somos ellos, nuestros muertos. Somos ellos, sus voces, su moral, su deseo o imposibilidad de modular una palabra.

La teoría espiritista del relato señala que ciertos textos son dictados por esas voces. “La voz que viene de alguien que no es ya de este mundo”, dice Conan Doyle.  El escritor operaría entonces como un médium. Capta esos ruidos y los transcribe. Es un ritmo, una cadencia, no necesariamente una verdad. El crimen seguirá siempre sin resolverse y, por eso, nunca descansaremos en paz.