Chicas argentinas

Por Luis López-Aliaga

Viene Hebe Uhart, la chica argentina que  escribe con la frescura de una adolescente, con esa mirada algo torcida que le asigna a todo lo que nombra el olor de lo nuevo. La chica de 74 años, que asciende repentinamente en el mundo del reconocimiento literario. Viene a Chile, la próxima semana, a participar de la Cátedra Bolaño de la UDP y a presentar sus relatos, reunidos en un volumen publicado por Alfaguara.  Será, me figuro, como la directora de escuela que encuentra que decir “lumbrí” es más humilde, umbrío e íntimo que decir “lombriz”, y que piensa que la vida es triste, pero que ella no tiene derecho a entristecer a nadie. Así la imagino, como la directora de escuela de uno de sus cuentos.

Y también como la hermana mayor de muchas narradoras argentinas que, imagino, la frecuentan en alguna casa llena de enredaderas y de viejas y viejos medios zafados. Una casa desordenada, pero muy divertida, en las afueras de Buenos Aires. Pienso en Volveré y seré la misma, la muestra de seis narradoras argentinas que el año pasado publicó la Calabaza del Diablo.

Todas ellas conservan el desparpajo y el sentido lúdico de Uhart. Son mundos particulares que, sin embargo, dialogan entre sí, conversan atolondradamente estas seis chicas que, en realidad, son cinco. En I want to be fat, de Cecilia Pavon, se encuentra el atisbo de un manifiesto o de una poética grupal: “En general, nuestro lema es hacer lo contrario de lo que dicen las revistas femeninas”.

La primera persona es abrumadora. Chicas que se muestran sin pudor, se revelan, nos develan, se rebelan, nos desvelan. Con un desenfado que podríamos llamar bukowskiano -si esto no estuviera asociado a la figura del macho salvaje- Dalia Rosetti se hamaca en las playas brasileñas y recuerda a Alejandra, su amor no resuelto y lectora de la Mistral, para terminar recomendándole  a  todas las chicas las maravillas del amor lésbico: “Concha contra concha. Ese vacío. Es como una sopapa que te hace volar. O pelvis-pierna contra concha. Cualquier cosa contra concha”.

Hay delirio aquí, juego. Un electricista inmune a las descargas eléctricas, convertido en el switch de un corazón solitario, ansioso, en uno de los relatos de Inés Acevedo. Una veterinaria responsable de salvar una manada de leones enfermos en África, que recibe mensajes de una nave espacial y termina en una relación erótico-alienígena, en El Comandante E A, de Fernanda Laguna. Un taxista que transporta a una monja italiana,  que también es modelo de pasarela, y que viajó hasta Buenos Aires para posar en una foto de Tunick, junto al obelisco, en Una monja modelo, de Gabriela Bejerman, quizás la más radical de todas, la más disparatada, casi “un espejismo, puro deseo de la imaginación”.

Delirio y humor. Porque estas chicas quieren divertirse. Entender, enfrentar o renegar del amor, del arte, de la muerte, sin dejar de divertirse. En Tatuada para siempre, Rosetti quiebra un huesito de pollo y pide tres deseos: “divertirme sola o acompañada, divertirme y sentirme linda, y divertirme en general”. Se divierten y sufren, las chicas. Por las veleidades del amor y del arte. La comunidad literaria como un campo de batalla sobre el cual ironizar, se repite en varios relatos, sobre todo en los de Cecilia Pavón, quizás la más lúcida y certera de la muestra. En Presupuesto Irrestricto,  la narradora se pregunta, en una noche de insomnio previa a una lectura poética: “¿Qué son las luchas estéticas sino luchas por la atención escasa del prójimo?” Y, con la presencia de un hombre que duerme a pata suelta a su lado, reflexiona: “si no existiera la escases, no existiría la guerra”.

Susana Pampín y un mundo lleno de ausencias y quiebres familiares en la provincia argentina, es la sexta autora en cuestión. Pero estás seis narradoras son, en realidad, cinco, porque Fernanda Laguna es también Dalia Rosetti. Aunque no estoy seguro que Rosetti sea Laguna.

Ellas estarán representadas, de todos modos, por Uhart. La más joven, la más juguetona, alzada contra la tradición masculina de la narrativa argentina. Contra Borges, contra Sábato, contra Cortázar y sus inmensos y ordenados mundos sin grietas.