Por @cardenasergio/ www.pnews.cl
Luego de recorrer una intrincada carretera con vista al puerto de Talcahuano, los cerros y las curvas dan paso a la pequeña pero hermosa Caleta Tumbes, uno de los lugares más afectados por el terremoto y posterior maremoto del 27 de febrero del 2010.
La caleta, después de un año y medio del desastre esta funcionando, hay casas cerca de la orilla del mar y en algunos cerros aledaños. Los restaurantes, el mercadito y los puestos artesanales permiten que los turistas, que no faltan, se lleven una buena impresión del sector. Sólo en la orilla de la playa se ven los restos de la vajilla, ropa y muebles de lo que fue el desastre. Acá en esta caleta, los más perjudicados fueron los botes que quedaron arriba del cerro y fueron destruidos. No fue una gran ola lo que destruyó todo, sino que varias olas direccionadas que pusieron en jaque a esta población pesquera. Detrás de esta aparente calma actual y cosmética, a espaldas de las casas de la caleta y entre cerros, instalada en una quebrada se encuentra el campamento de “emergencia” Meryland, que consiste en 80 mediaguas que se pierden en estos terrenos que prestó la Armada para que las familias de caletas aledañas a Tumbes se instalaran después de haberlo perdido todo.
En pleno invierno la lluvia arremete sin compasión y el poco sol que aparece de vez en cuando sólo se asoma por las puntas de los cerros como burlándose de estas familias de pescadores. Pero ellos son trabajadores y no se rinden ante nada. Entramos a una mediagua invitados por la señora Alba y ella adentro tiene estufa a leña, televisión satelital, electrodomésticos varios, el refrigerador lleno de comida y todo parecería normal en la casa de una típica familia chilena si no fuera porque su realidad durante un año y medio se trata de vivir en un espacio reducido al hacinamiento de un cubículo de sólo un par de metros cuadrados que comparte con su hijo que al igual que el resto de las familias del campamento amplió rápidamente cuando el gobierno les entregó unos paneles para que aislaran las mediaguas y que en vez de eso ocuparon para construir otra pieza. Al recorrer la improvisada “calle” del campamento vemos a gente trabajando en sus mediaguas, señoras vendiendo pan amasado y empanadas, perros semi-vagos y unas cuantas excavaciones en la tierra que contienen cañerías de pvc, señal de que a final de año estas personas podrán tener agua potable en sus mediaguas. Por mientras hay unos baños financiados por la Cruz Roja internacional para obtener agua, bañarse y hacer sus necesidades. Un par de baños que no alcanzan para el total de personas en este campamento que promedian entre tres y cinco personas por mediagua. Lo más seguro para beber agua es acercarse al agua de unos manantiales que tiene el cerro. Hablando de financiamiento, estas mediaguas de “emergencia”, fueron donadas por la Unión Europea y según los vecinos el intendente de la octava región que sucedió a Jacqueline van Rysselberghe ( la Jacqueline, le dicen con cariño), no ha asomado su nariz por estos lados y menos el alcalde de Talcahuano. Los gastos públicos dentro del campamento han sido financiados con autogestión, juntan mil pesos por familia para pagar una máquina que les haga una zanja, se construyeron un horno de barro para hacer pan y pararon una pequeña sede vecinal para reunirse con las pocas autoridades que se han acercado ofreciendo ayuda y a los cuales obligan a firmar las promesas, según lo aprendido en unos cursos de capacitación y liderazgo que han recibido. En definitiva estas personas tienen orgullo, organización y trabajo. Lo que no tienen es una vivienda donde vivir dignamente. Según el gobierno central, los cerros que contienen este campamento serán rebajados para instalar las casas definitivas. Eso ocurrirá los más probable cuando el presidente Piñera deje su mandato y nos acerquemos a la próxima contienda presidencial, o sea dos años y medio. Por mientras ellos seguirán dando la batalla diaria de la dignidad entre el frío, el barro y lluvia.


