Un recuerdo a propósito de la reciente muerte del escritor René Arcos Levi. “Él era un autor serio, el mayor de una generación que nunca llegó a ser generación. Y esa es la sensación ahora, cuando el foco ilumina el detalle de una casi sonrisa, el entrecejo bien marcado, el humo del cigarro que ya termina. La constatación de que el final será de a uno en uno, sin aspavientos grupales, quizás desplomados sobre los azulejos de una ducha, solitarios”.
Por Luis López-Aliaga
Hay una luz que cae del techo e ilumina la mitad de su rostro, la mitad de esa sonrisa que nunca termina de desplegarse del todo. Y su melena de rockero argentino, bien cuidada, con unas mínimas hebras blancas sobrepuestas al negro intenso. Ven, mejor salgamos de aquí, dice. Yo lo miro como desde otro tiempo, tratando de encuadrarlo, de entender la real dimensión de sus palabras. Es el foco que cae desde arriba y deja al descubierto ciertos detalles perdidos en la noche, como en el cuento de Virginia Woolf: un detalle que lleva a una historia y esa historia a otra historia, a la historia de una generación y de varias generaciones y, así, hasta llegar a la historia del universo entero.
Es el cumpleaños de una chica Larraín, poeta o artista visual o documentalista. O las tres cosas juntas, seguramente. No sé, en realidad, por qué estaba en ese cumpleaños, pero sé que en ese tiempo ponía a prueba a las personas, quería que me quisieran “a pesar de”, a pesar de mí, sobre todo, y debe haber sido difícil, yo ahora no me soportaría. Quizás era el golpe de la desilusión, de haber zafado -a medias- de los ochenta, para chocar de frente con los noventa, la década del acomodo, de la claudicación, de la retirada. Había llegado borracho a ese cumpleaños donde me encontré con una promisoria escritora, guapa, con una chasquilla candorosa, y traté de seducirla a vista y paciencia de su novio, un promisorio periodista y musicólogo. Todos éramos promisorios en ese entonces, habíamos sido iluminados, de algún modo, por la sonrisa permanente de Skármeta, el foco del entusiasmo oficialista, la alegría de los ojitos achinados. Pero aún así yo me sentía muy solo y por eso le hablé de amor a la escritora y ella me escuchó un rato, pero después tomó a su novio de la mano y me dejó solo, hablando solo y cabeceando.
En ese cumpleaños también estaba René Arcos Levi. Él había publicado Cuento aparte un par de años antes de que yo publicara Cuestión de astronomía (en el cuento de Woolf hay un momento hermoso que tiene que ver con los telescopios y el bisabuelo que mira las estrellas, mira al cielo, al firmamento, y se hace las grandes preguntas sobre la existencia, pero también mira el detalle, en la tierra, en ese páramo que es la tierra, y así, mirando, conoce a la bisabuela). A René Arcos lo conocí en Viña, en un encuentro de literatura y cine donde fuimos panelistas, junto a Gumucio y Tito Matamala. Él preparó un texto muy sesudo, algo sobre el minimalismo, si no me equivoco, y yo me dediqué a dar jugo, porque a eso me dedicaba en ese entonces.
Como en esa fiesta en Vitacura o Las Condes, donde terminé muy mal, no podía ni pararme, no me podía a mí mismo en esos años, y la joven artista Larraín no me quería ya en su casa. Y es entonces cuando René Arcos se me acerca y me dice ven, mejor salgamos de aquí.
Él era un autor serio, el mayor de una generación que nunca llegó a ser generación. Y esa es la sensación ahora, cuando el foco ilumina el detalle de una casi sonrisa, el entrecejo bien marcado, el humo del cigarro que ya termina. La constatación de que el final será de a uno en uno, sin aspavientos grupales, quizás desplomados sobre los azulejos de una ducha, solitarios.
Pero René Arcos y una periodista amiga me ayudaron a levantarme esa noche y me sacaron como un bulto de esa casa y me llevaron a mi departamento y pagaron el taxi. René conocía la dirección, habíamos cenado varias veces en mi casa después de aquel encuentro en Viña. En una de esas veladas le presté Conversaciones, de Cioran, todo subrayado con un lápiz verde, y él después escribió en La Época, un bello texto sobre los libros subrayados, sobre la posibilidad de un diálogo diferido con otro lector, una especie de amigo en otro tiempo, en otro espacio.
René y la periodista me metieron al dormitorio, me tiraron sobre la cama, me sacaron los zapatos, me cubrieron con una frazada. Y supongo que después los dos se quedaron ahí un rato, aunque eso ya no puedo asegurarlo. Pero me imagino a René fumando y hablando con la periodista amiga en el comedor de mi departamento. Y me lo imagino diciendo algo sobre los límites, sobre los límites de la vida, sobre cuidarla, sobre cuidarse, sobre no caer tan bajo, ni tan rápido.


