Olvidarte de todo y que todo te olvide, dice el poema de Huidobro. Un deseo justo, plausible, liberador. Cerrar el boliche y ya. ¿Tiene algún sentido escribir para la posteridad? ¿Quién es, al fin de cuentas, la posteridad? ¿Qué rostro tiene? Podemos bosquejarla a nuestro antojo, pintarle los labios, pero nunca la veremos de frente.
Morirse en paz entonces. Callar. Se hizo lo que se hizo, se dijo lo que se pudo. La solución sería quemar los restos. Hoja por hoja, archivo tras archivo. Solos en una pieza en penumbras. Whisky, música de fondo. Delete. Cuidarse, sobre todo, de los amigos, de las viudas y de los admiradores. Ahí anida la traición. El traidor más célebre es Max Brod, el amigo de Kafka, enfrentado al dilema de cumplir o no cumplir con el mandato del autor. ¿Por qué Kafka delegó el cacho y no quemó él mismo toda su obra? ¿Quería en verdad deshacerse de sus escritos y dormir el sueño sagrado del olvido? Max Brod fue el viudo terco y lúcido que, contra la voluntad del autor, ayudó a que nosotros, la posteridad, conociéramos su obra. ¿Hizo lo correcto?
La obra de Kafka aboga por Brod, aún contra el propio Kafka, que se quedó sin vela en este entierro, el suyo. Pero no siempre ocurre así. Predomina, hoy más que nunca, la figura de la viuda que resguarda sin mucho tino el legado del amado y publica como primicia, por ejemplo, una servilleta con la lista del supermercado.
Viudas, mujeres devotas, amantes escrupulosas.
Pronto habrá viudos, en todo caso. La irrupción de la mujer en el mercado, en la arena de la celebridad literaria, es relativamente reciente. Será, seguro, una manera nueva de enfrentarse al asunto, quizás como la que anticipa Claudia Apablaza en su cuento Las diez víctimas de Nason.
Una relación de conflicto entre la figura oficial que explota los restos del muerto y los intereses editoriales, académicos y hasta nacionales, entendido esto último como la burocracia cultural de algún país en particular. Todos, claro, amparados en la noble misión de velar por la memoria y el legado del fiambre. Aunque a la larga todo derive en disputas económicas y judiciales dignas de algún thriller de mala calidad.
El propio Kafka se ha convertido ahora en un botín judicial disputado entre los herederos y el Estado de Israel. Manuscritos inéditos y dibujos guardados, sintomáticamente, en un banco suizo.
Por eso reconozco que cuando escuché hablar del Caso Kodama, pensé que la ministra Matte se había metido en algún lío con Borges. Acostumbrada a los litigios judiciales, no sería raro, pensé, que María Kodama cruzara la cordillera para reclamar por algún monumento instalado sin su autorización. Pensé incluso en una réplica del momento exacto en que el autor argentino estrechó la mano de Pinochet, instalada por la ministra de urbanismo en una plaza frente a la Escuela Militar. Kodama tiene experiencia en juicios, el más reciente en Francia, con un periodista que osó sugerir una manipulación en el testamento del autor de Ficciones.
Kodama es el ícono de la viuda célebre. La joven mujer del ciego, la amante casta que se arrebató con tanta inteligencia y cuidó al genio como a un niño inválido, arropándose ella misma con el mantón de la gloria esquiva. Una mirada dulce, una fragilidad de antigua musa oriental que, más tarde, mostraría los dientes. Borges le pertenece, Borges es suyo y, parcialmente, de los que estén dispuestos a la estatua perfecta, al memorial sin grietas.
Pienso en todo esto a propósito de la obsesión de Diego Zúñiga por los diarios inéditos de Ribeyro. Cuadernos que testimonian sus últimos días, felices, según sus amigos, y que son algo así como la continuación o el reverso de La Tentación del fracaso. El joven autor de Camanchaca sueña con leer esos diarios y su admiración por el escritor peruano parece suficiente para granjearle el derecho. Pero existe la viuda. Y ella, Alida Cordero, no entrega los cuadernos. Espera mejores ofertas editoriales, dice. Aunque algunos lo atribuyen a que ella no queda bien parada en esas páginas, esos días por escrito en los que Ribeyro vivía y moría como quiso: escribiendo, con un cigarrillo en la boca y mirando el mar desde un departamento en Barranco.



