El Mundial se le había vuelto una pesadilla y sólo deseaba reencontrarse con su mujer y su hijo para jugar tirados en la alfombra de su casa en Upton Park. La cara de Green revela aquel espacio de la condición humana por el que transita el puesto de arquero. La fragilidad del que sabe que, llegado el momento, todo se irá a la mierda.
Por Luis López-Aliaga
Ni un año va desde que fuimos felices siguiendo cada detalle del Mundial de Sudáfrica. Fuimos felices y, sin embargo, mi recuerdo más persistente es triste. ¿Será triste la palabra? La cámara se cierra largo rato en el rostro de Robert Green, el arquero inglés que con un error bochornoso le dio el empate a Estados Unidos. Las mandíbulas apretadas, la mirada perdida en el vacío: ni la alta definición era capaz de penetrar en ese abismo. Muy flemático será el inglés, pero lo veo entrando al camarín y recibiendo los palmazos de sus compañeros en la espalda, consuelos que no ayudan sino a hundirlo en las cerámicas frías del camarín africano.
Inevitable compadecerse, padecer con él en el silencio de la concentración, tratando de recomponer ese momento, de arreglarlo de algún modo, la rodilla que debió ir más atrás, el pecho más recto, el sueño que no llega nunca.
El espanto que, días después, mostraría apenas una mínima variante cuando Capello lo condenara a la humillación de ver el siguiente partido desde el banco. ¿Qué pasaba por la cabeza de Green en esos momentos? ¿Se veía acaso, ya viejo, en un bar de Londres, acorralado por un grupo de hoolligans borrachos que nunca se olvidaron de ese gol? ¿Se imaginó como el protagonista de El miedo del portero frente al penal, solitario, acosado por los recuerdos y por un instinto innombrable? ¿Pensaba en Dios, en el destino, en el absurdo de la vida? Nunca lo sabremos, pero estoy seguro de que ya no quería estar ahí, el Mundial se le había vuelto una pesadilla y sólo deseaba reencontrarse con su mujer y su hijo para jugar tirados en la alfombra de su casa en Upton Park.
La cara de Green revela aquel espacio de la condición humana por el que transita el puesto de arquero. La fragilidad del que sabe que, llegado el momento, todo se irá a la mierda. Está expuesto a la debacle e intenta evitarla, aún sabiendo que tarde o temprano sus esfuerzos serán en vano. Podrá tener sus momentos de heroísmo, pero será siempre el heroísmo de la resistencia, de la negación. Salvo esas anomalías que son Chilavert o Rogelio Ceni que, muy a lo lejos, son capaces de definir un partido con un gol a favor. Son casos extraños donde el arquero deviene en lo que precisamente no es, en lo que por definición le está negado, en lo que quizás, en algún momento lejano de la infancia, soñó con ser y no pudo.
La cara de Green es también el inverso exacto del que triunfa. La sonrisa exultante de Dempsey, el delantero de Estados Unidos, que acepta el regalo sin siquiera reparar en el caído, que corre con los brazos abiertos buscando nada, creyendo realmente que el éxito está de su lado y que será para siempre.
El arquero, en tanto, permanece ahí, parado detrás de todos sus compañeros, solo, pensando demasiado. Sabe o al menos intuye, como dice Millán en Veneno de escorpión azul, su diario de vida y de muerte, que “debajo del verde y parejo campo de juego/ habitan lombrices y gusanos”. Frente al televisor, siguiendo el Mundial de Alemania, Millán escribió esos versos que nos remiten a la soledad del arquero, a la maldita conciencia de sí mismo que lo excluye del goce gregario, mirando durante largos minutos cómo los otros hilvanan estrategias para alcanzar la gloria. Si su equipo hace un gol celebra solo o, a lo más, con un central que se apiada y gira para que sus gestos de algarabía no parezcan tan ridículos.
Es por esa conciencia del destino humano que el arquero es el más terrenal de todos los jugadores. Aunque, sin embargo, es también quien mantiene viva la ilusión de vuelo, el sueño de llegar a ser algún día del aire. Es aquello que deslumbra a los niños, como recuerda Bryce Echenique en Pasalacqua y la libertad, donde el arquero de Ciclista Association, con sus vuelos en el Estadio Nacional de Lima, le hizo comprender que su imaginación era, sobre todo, aérea. Los otros, nosotros, lo vemos volar y fantaseamos con aves mitológicas, ensayamos nuestra propia libertad imposible. Él, el arquero, ya de regreso al pasto, al cemento o al polvo, repite mascullando el verso de Watanabe: “No eres de vuelo y morirás en el suelo, mordido por los perros”. Robert Green ya escucha los ladridos.


