El instructor de buceo César Villarroel nos entrega una imperdible crónica sobre la increíble experiencia de salvar un gigantesco cetáceo en las cercanías de Juan Fernández y llama la atención sobre la insuficiente protección de estas especies en nuestras aguas.
Por César Villarroel.
Meses de recorrido por las más increíbles costas de Chile, nos comprobaron que nuestra estructura territorial es tan diversa como variable.
Desde Arica a la Antártica, un borde costero, extenso y accidentado, emerge desde un océano indomable, que desafía a cualquiera que se atreva a navegar en él y que esconde uno de los patrimonios vivos más importantes de nuestro planeta.
Fue en este imponente escenario, que con el equipo de la serie documental de TV “Océano, Chile frente al mar”, conducido por Celine Cousteau, nieta del mítico Jaques Cousteau y el periodista Rafael Cavada, realizamos numerosas exploraciones.
En este recorrido pudimos visitar tanto la Antártica como el Estrecho de Magallanes, en donde no fueron pocas las veces que nos encontramos con delfines australes, orcas y un sin fin de vida. Sin embargo lo que más llamó nuestra atención fueron las numerosas balleneras abandonadas y varios restos de los denominados INDUS o barcos balleneros. En su presencia testimonial está presente lo que fue una industria prominente y letal, que impulsó la colonización de los sitios más australes del planeta.
Nuestro afán de investigar nos llevó a realizar inmersiones frente a cada uno de estos enclaves, encontrando fosas comunes sumergidas, repletas de cráneos, vértebras y costillas de cetáceos, que reposaban inertes sobre fondos silenciosos y olvidados. Un panorama triste y devastador que da testimonio del holocausto ballenero, del saqueo sin límite que estos gigantes vivieron.
Imposible sacar de la memoria al Governor, ballenero que se hundió en la Antártica en 1916, producto del incendio de sus calderas con aceite de ballena. Mientras a su costado reposan los cráneos de ballenas azules en su interior aún conserva las bodegas repletas de arpones cargados con dinamita.
Ante esto, nuestra reflexión se centró fundamentalmente en el sentido de pertenencia con el que es nuestro principal “monstruo marino” y con el “leit motiv” de muchas de nuestras acciones como equipo. Chile es un país que da la espalda al mar, desde siempre, desde el mítico Moby Dick (1851), estamos separados de las ballenas y sin embargo siempre rodeados de ellas.
Nacen y mueren acá, pero no somos una patria ballenera. Otras culturas, en otras latitudes, han generado una producción elocuente y nada escasa de novelas, pinturas, tratados, fotografías, relatos y crónicas en torno a estos inmensos mamíferos o al monstruo marino como lo señalo Melville, tomando el nombre de la mítica ballena de nuestras latitudes, Moby Dick o más bien …Mocha Dick.
Noruegos, escoceses y nipones organizan álgidos debates sobre la explotación de nuestra fauna ballenera, en las bien provistas aguas de nuestro país y de América Latina, y para nosotros la ballena sigue siendo lejana, ausente, un recurso de otros.
Una experiencia irrepetible
Meses más tarde, en diciembre pasado, esta realidad nos enfrentó a un hecho único y revelador, una experiencia de vida irrepetible.
Nos encontrábamos en Juan Fernández, luego de haber buceado en la Isla de Santa Clara, cuando un informe radial nos avisó de la presencia de una ballena navegando con una red atrapada en su aleta caudal. Sin pensarlo enfilamos de inmediato a las coordenadas indicadas y en menos de 20 minutos ya estábamos a un costado de lo que sin dudas era una ballena Jorobada.
Comenzamos a seguirla para determinar su estado. El peso y la tracción contraria ejercida por las boyas, plomos, redes y cordeles no impedían que se sumergiera, sin embargo el peso extra era un impedimento para bucear en busca de alimento. Su navegación era errática complicada, en la superficie, el roce de las redes con las olas transformaba la simple actividad de respirar en una función agotadora, liquidando todas sus oportunidades de sobrevivir.
Quisimos que nuestra evaluación fuera completa, para ello tomamos una osada decisión. Saltaría con Gloria Bermúdez sobre la red para apreciar la situación y determinar de qué manera podríamos ayudarla. Luego de varios intentos, saltamos.
En una rápida maniobra nos afirmamos de la red. La ballena al sentirnos aumentó su velocidad. Igualmente trepamos por ella hasta llegar a su gran cola. Fueron momentos de gran emoción y pesar. En ambos costados, un amasijo de redes y cordeles, encarnados en sus lóbulos, habían producido grandes heridas. Estos con cada movimiento aserraban su carne, dejando expuesta la grasa de su cola.
Su estado nos comprometió a todos. La red que pesaba alrededor de 250 kilos, prácticamente cercenaba su cola. Decidimos rescatarla.
Para eso debíamos cortar la red lo más cerca posible de sus heridas. Una operación riesgosa, ya que quedarse atrapado en las redes y terminar como el capitán Ahab o recibir un letal coletazo, eran situaciones posibles que debíamos tratar de evitar. La concentración y el trabajo en equipo eran fundamentales.
Nos separaríamos en dos grupos; Céline y Capkin Van Alphen grabarían la operación e intervendrían solo en caso de emergencia. Por otro lado Gloria y Rafael se preocuparían de que yo no quedara atrapado en las redes mientras las cortaba.
Lo que siguió fue una mezcla de emociones, adrenalina y situaciones vividas al límite. Nuestra presencia era una amenaza, que percibíamos en sus clavados, cambios de curso, velocidad y en los fuertes movimientos de su cola.
En este trance, Gloria se accidentó una mano, la aleta de Rafael quedó atrapada en la red, logrando zafarla y en varias oportunidades pudimos escapar de su clavado. Incluso en una de ellas sin el cuchillo atado a mi mano no hubiera podido liberarme.
Cortar el lado derecho de la red fue un trabajo arduo que ninguno de nosotros estaba dispuesto a abandonar. Ahí, el mar y la ballena se levantaron como un yo colectivo e individual que debíamos enfrentar si deseábamos renacer, a la vida o la muerte con ella.
No sólo luchábamos por liberarla, sino que también para probar nuestro compromiso, aquello de lo que tanto hablamos pero que tan poco hacemos. Buscábamos en esta acción reivindicar prácticamente más de un siglo de indiferencia y borrar el estigma de ser espectadores asumidos, ya vencidos, de un mar de otros. De un mar, que antes de ser vía de descubrimientos, de estudio y de progreso, es por sobre todo…una puerta cerrada.
Después de una hora de trabajo extenuante, que solo mitigaba la adrenalina, pudimos cortar el costado derecho de redes. Nuestros gritos eufóricos hicieron eco en agua. Quedaba aún el otro lado.
Nuestra ballena se sumergió por varios minutos. Al emerger era otra. Al parecer, el efecto con la red que cargaba cambió. Quizás se sintió más ligera o dejó de sentir dolor. Al sujetarnos nuevamente de ella su conducta fue otra. Ya no se clavaba, su aleta caudal se movía más suave y dejó que nos afirmáramos de ella.
De ahí todo fue envolvente. Sujeto a ella, de columna vertebral a columna vertebral, no sé cuántas veces me sumergí aferrado a su cola, ni cuantas veces salimos a respirar. Tampoco cuánto tiempo nos tomó. Sólo recuerdo la red y mi mano dirigiendo el cuchillo con fuerza y decisión.
Con el último corte, pudimos ver su cola alejándose libre. Nosotros mientras, flotábamos en la superficie aferrados al enjambre de red y cordel.
Una emoción intensa nos invadió. Volvimos a creer, en nosotros, en el espíritu de equipo, en la necesidad de seguir en una tarea, que aunque muchas veces sea difícil, el perseverar está coronado por la satisfacción. El rescate fue posible. Realizarlo fue una acción concreta que no está reservada para la literatura ni la ficción.
Una protección insuficiente
Existe un decreto que declara a todo el territorio Marítimo de Chile como santuario ballenero, sin embargo la pesca industrial, nacional y extranjera, en todas sus formas, cuenta en demasía con garantías de libertad, operando sin grandes restricciones o control. El decreto es un papel archivado lejos del mar.
¿De qué sirve este decreto si no hay fondos para fiscalizar, si no se apoyan estudios de rutas de migración? Si cuando vara una ballena se impide a las organizaciones de estudio tomar muestras de ella antes de que se lleven sus cuerpos para destruirlos mar adentro.
Esta ballena se salvó, pero ¿cuántos cetáceos son arrojados al mar cuando se recogen las redes? Es insostenible. Las pesqueras deben asumir el costo de cambiar las formas de pesca, invirtiendo en conjunto con el gobierno, en investigación y protección.
Debemos exigir el respeto de nuestro patrimonio natural hoy y no mañana, ya que en el futuro las ballenas podrían ser sólo un recuerdo para las generaciones venideras.
::::: De las imágenes realizadas, Paolo Sanino, biólogo, director del departamento de ciencias de CMMR Leviathan, organización que estudia a los cetáceos, emitió un informe que está disponible aquí.
Dedicado a Victoria, César Jr. y Olivia.
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Increìble relato, emocionante también, un regalo maravilloso fue esa oportunidad, gracias por describirnoslo.
un abrazo,