Un hombre maravilloso y vulnerable: Don Francisco es una ficción

Por Luis López-Aliaga.

El hombre se reclina hacia delante y hacia atrás en la silla, juega con las manos y en cada movimiento exhibe su argolla matrimonial. Le habla al periodista que tiene al frente, un tipo pulcro como él, y su voz parece quebrarse cuando menciona a su familia. Está ahí para decir su verdad. Para abrir su corazón y mostrar lo doloroso que ha sido el trance por el que ha pasado. Don Francisco dice su verdad carraspeando, arrastrando la voz en una plegaria solemne que remarca su condición de víctima y su honorabilidad a toda prueba. Una verdad televisivamente impecable.

Pero hay una grieta. Una grieta que nosotros, desde la casa, vemos nacer y expandirse desde el centro de ese bloque compacto de palabras. Y ahí, en esa fisura, Pablo Toro (chileno, 28 años) instala su relato Hombres maravillosos y vulnerables, título que le da nombre al libro que publicó a finales de 2010 bajo el sello La Calabaza del Diablo.

En el relato, Don Francisco es una suposición, una posibilidad algo grotesca, que, sin embargo, intuimos más real que la figura de ese anciano alicaído que nos muestra el noticiero del mismo canal donde el animador ha reinado durante casi medio siglo.

Un productor ejecutivo realiza una prueba a un joven ilusionado con ingresar al mundo de la televisión. El productor habla y el aspirante escucha atento. Su discurso es contundente, impecable, aunque se basa sólo en suposiciones. Suposiciones plausibles, hipótesis de trabajo, ficción. El productor conoce muy bien el negocio de la ficción, donde nada se puede corroborar del todo, pero donde nada es tampoco del todo falso. Don Francisco encerrado en un camarín, jalando coca y enculando a una modelo es sólo una posibilidad, la contramuestra de una verdad oficial que no termina de convencernos.

Volvamos ahora a la entrevista. Don Francisco apoya los codos en los brazos de la silla y el periodista asiente, con la mano en el mentón. Melancólico, con la mirada en el piso, Don Francisco dice que las cosas ya no son como antes, que el periodismo ya no es el de antes. Él, seguro, hubiese preferido que las cosas siguieran siendo “como antes”. Quisiera volver a regalar autos por doquier, sofás, dinero en efectivo, refrigeradores, volver a burlarse de las modelos y a humillar a los imitadores de Camilo Sesto y de Nino Bravo, echar a correr la ruleta millonaria, utilería barata que se destruía ante nuestros ojos, volver a convencernos una y otra vez de nuestro inmenso corazón solidario. Desearía volver a mostrarnos con su cámara viajera un mundo que nos quedaba tan ancho, tan ajeno, encerrados como estábamos en nuestras casas, riéndonos del chacal de la trompeta y esperando los bandos de los otros chacales, dispara usted, disparo yo; un mundo que él recorría por nosotros, que él elegía por nosotros, que él disfrutaba por nosotros.

Quisiera, en definitiva, seguir siendo el mito incorruptible que sólo podía sobrevivir bajo esa atmósfera de secretismo de los ochenta. Una época de impunidad y de silencio, llena de miserias ocultas, más cercana, sin duda, a la podredumbre de Tony Manero que a la ñoñería de Los 80.

De todo esto se atreve a ficcionar Toro. Tiranuelos, animadores de televisión, mitos a los que hay que meterles cuchillo para imaginar de qué están realmente hechos, escudriñar en el guaipe sucio de sus vísceras. Material espurio para la santurronería de nuestros hombres y mujeres de letras, que no tienen televisor en casa o lo tienen sólo para ver el cable. Toro, en cambio, escribe con la televisión encendida y por eso se siente con el derecho de disfrazar a Enrique Maluenda de mujer y ponerlo a tejer bufandas de lana bajo un cerezo, de montar una performance con las gemelas Campos, develar que Antonio Skármeta es sólo un disfraz, un experimento sociológico, perseguir a Manuela Martelli por todo Santiago, dejar que su mujer se acueste con Juan Falcón.

Son hombres maravillosos y vulnerables, son la historia de Chile, el espectáculo de Chile, la trastienda de sus héroes. Toro nos muestra “lo que los años de poder y fama pueden hacer en un hombre bueno y educado como Míster Kreutzberger”, como le dice el productor al muchacho que quiere ser asistente. Es una suposición, una posibilidad. La otra es quedarnos con la figura del patriarca martirizado que nos ofrece el noticiero.