Jorge Marchant: “En la Guerra del Pacífico surgieron elementos perturbadores de la chilenidad”

El escritor chileno, ganador del  premio Altazor 2007, no evade temas difíciles. En esta entrevista nos habla acerca de lo mal que nos hizo la Guerra del Pacífico, del Chile del arribismo y la crueldad, de la homosexualidad en la literatura y la evasión permanente que hace hoy la televisión chilena.

Por Cristián Araya Martínez. Fotografías: María de la Luz Almeyda.

Jorge Marchant Lazcano estudió periodismo en la Universidad de Chile y realizó sus primeros trabajos para la Editorial Quimantú y la revista Paula. En el año 1980 reeditó en Chile  su primera novela, originalmente publicada en Argentina, “La Beatriz Ovalle”. En esa década siguió publicando libros como “La noche que nunca ha gestado el día”  y “Matar a la dama de las Camelias”. Estrena también la obra teatral “Gabriela”, inspirada en la vida de Gabriela Mistral.

Hacia fines de los años ochenta y durante la década de los noventa desarrolla un importante trabajo en el área dramática de Televisión Nacional. Mientras que en 1999,  vuelve a la dramaturgia con “No me pidas la luna”.

Pero su retorno a la literatura es determinante. En el 2002  publica la novela “Me parece que no somos felices”, seguida por “La joven de blanco” dos años después. Y “Sangre como la mía”, escrita el 2006, es ganadora del premio Altazor. Su más reciente creación es la novela “El Ángel de la Patria”, obra  de corte histórico, cuya intriga nos remite a las celebraciones de la victoria en la Guerra del Pacífico y a las fiestas del Centenario nacional,  nos permite reflexionar sobre el Chile que se ha configurado cien años después.

Esta entrevista se realizó en el departamento que posee el escritor frente al cerro Santa Lucía del centro de Santiago.

P: ¿Hay algún libro que te haya marcado en la infancia, que te haya señalado un camino?

JM: Yo tuve una infancia bastante libre en términos de lectura, mis padres no me pusieron muchos impedimentos en general para leer y pese a que en mi casa no había una gran biblioteca, desde bastante niño comencé a comprar libros por mí mismo. Yo diría que compré (y ahí hay una las primeras vinculaciones que planteo en la novela “Sangre como la mía”) libros vinculados con el cine, o novelas que había visto eventualmente en el cine. Uno de los primeros libros que realmente me impactó fue “El Gatopardo” de Lampedusa. Probablemente vi primero la película a los catorce o quince años, y recuerdo que en la portada del libro estaba la fotografía de la película de Visconti, justamente la escena del baile. Ese libro me marcó profundamente en términos estéticos y de la filosofía que estaba planteando, que en términos políticos era, de alguna manera, lo que nos ha llevado en gran parte del siglo XX: el cambio de poderes,  la alternancia del poder en distintas culturas. La historia se ha ido quedando quieta  en el tiempo y cambian solamente ciertos esquemas básicos, pero todo se vuelve  a repetir. La alternancia en el poder como la estamos viviendo hoy en día en Chile es, como lo que dice Lampedusa, donde finalmente “todo cambia para seguir igual”.

P: En muchas de tus novelas está presente la mirada histórica. Son novelas que se sitúan en un contexto histórico bien determinado y hay en ellas un intento de vernos desde la perspectiva del tiempo. En ellas está permanentemente la pregunta por Chile y podríamos decir -parafraseando a Vargas Llosa- que hay una búsqueda de esa pregunta. ¿En qué momento se jodió Chile?

JM: Sin duda. Desde el momento en que uno se plantea un texto que tenga algún grado de historicidad, está intentando hacer una reflexión sobre lo que nos ha sucedido desde distintos ámbitos. En “El Ángel de la Patria” habría, por ejemplo, un intento de mirar algunas consecuencias muy sutiles de la Guerra del Pacífico y de hacer una reflexión sobre la chilenidad y el ser chileno a través del carácter del personaje de Ángel. O en el caso de “Sangre como la mía”, habría un intento de hacer una reconstrucción muy limitada de ciertos aspectos de la vida homosexual, durante la segunda mitad del siglo XX. Está ese intento de mirada histórica, pero por sobre eso hay un trabajo fundamentalmente del lenguaje literario. Yo no soy historiador, el novelista toma elementos eventualmente de la historia y los convierte en materia de su trabajo creativo, pero es una mirada que pasa por una subjetividad absoluta, no hay riesgo alguno en deformar, eventualmente,  la historia, a pesar de que yo normalmente en novelas como estas, que apelan a un momento histórico, intento tener cierta fidelidad histórica sobre algunos aspectos, aunque, en el campo de la narrativa hay un trabajo de imaginación que es lo que realmente importa.

P: Correcto y ese trabajo de la imaginación se ve plasmado en determinadas frases y diálogos que en definitiva van construyendo el relato y la ideología de los personajes. En este sentido en “El Ángel de la Patria” hay una reflexión sobre la Guerra del Pacífico, sobre el Ejército y cómo nos relacionamos con nuestros vecinos…

JM: Yo siento que con el pequeño estudio que pude haber hecho y más bien la percepción que queda de ello, es que en la Guerra del Pacífico están nuestras  peores características, ahí surgen elementos perturbadores de la chilenidad. De partida el hecho de haber triunfado en esa guerra nos hace ser peores definitivamente, nos hace sentirnos por sobre los países vecinos, sentir una arrogancia extrema -que se mantiene hasta el día de hoy- y una cierta belicidad, que no en vano diez años después de la Guerra del Pacifico, estábamos peleando con nosotros mismos, matándonos hermanos con hermanos en la Guerra Civil del año 91.

P: Ciertamente, en el período de Balmaceda.

JM: Es decir, nunca fuimos blancas palomas, nunca fuimos tan pacíficos como se nos ha hecho creer, que en el siglo XX todo había estado tan tranquilo hasta que vino esta hecatombe durante la dictadura. Ya desde el siglo XIX traíamos un germen de crueldad y dureza y que si seguimos para atrás hasta la Guerra de Arauco… en fin, son elementos que están con nosotros y que nos marcan como un país beligerante – ya lo decía la Gabriela Mistral-  bastante duro y cruel.

P: Ese elemento de crueldad que luego se vuelca contra nosotros mismos, tiene que ver con el conflicto social que está muy presente en tus novelas, a través de personajes de la llamada clase alta, que manifiesta su profundo menosprecio por los más desposeídos.

JM: Yo siento que esto pasa evidentemente por el poder, los que han sustentado el poder en Chile y de forma muy marcada, han sido una clase avasalladora. Durante el siglo XIX avasalló al resto. La Guerra del Pacífico es una guerra de poderes, de clases, por el poder  económico, el salitre, todo ello sucede en una fuerte alianza entre la oligarquía chilena y el capitalismo inglés. Esto se prolonga a pesar de los cambios que se producen con Alessandri en la década del veinte y aquí volvemos de nuevo al Gatopardo…

P: La historia se repite…

JM: Claro, Arturo Alessandri intenta ser un caudillo popular e intenta imponer un nuevo orden en Chile, pero a renglón seguido se compromete absolutamente con la oligarquía, todos sus hijos se casan con la oligarquía y pasan a ser parte de un poder, que al cabo veinte, treinta años, los Alessandri son representantes de la clase alta. Cosa que no ha sucedido con el apellido Allende, ahí tenemos un apellido digno, que no hace usufructo de estos cambios para que todo siga igual, ahí realmente hay un intento de quiebre de esta continuidad.

P: Y ese quiebre está dado simbólicamente por su gesto final ¿no?

JM: Exacto.

P: El poeta chileno Armando Uribe también ha sido muy crítico de estas llamadas “clases altas” y su rol a través de la historia. En unos versos señala: “En las casas de fundo se gestaron las bajas clases altas”.

JM: Ese es el panorama de Chile. Yo me retraería a otro escritor, que para mí es  el gran escritor del siglo XX chileno,  que es José Donoso, quien también plantea eso mismo en “Casa de campo”, “El obsceno pájaro de la noche” o “El lugar sin límites”, estamos hablando de las bajas clases altas que se entronizan en el campo chileno y en las urbes, que es lo podemos ver desde una visión más santiaguina, que es lo que yo he intentado hacer. Yo nunca he tenido mucho acercamiento con el tema campesino, nunca tuve contacto directo con el campo. Soy un hombre absolutamente de ciudad, y mi visión es la del cruce de clases al interior de las ciudades. Aunque yo desde mi punto de vista no apelo tanto  a las clases altas, sino, más bien, a las clases medias, a la pequeña burguesía que es lo que marca pauta de alguna manera, y a la cual estoy permanentemente volviendo como en el caso de “Sangre como la mía”. Las malas costumbres, los malos hábitos, las malas dependencias, los lastres que arrastran las clases medias acomodadas en Chile y que son relativamente cojas y que están tambaleando y que cada  vez están peor, porque cada vez están más miserables y más aún a partir de la dictadura, se va desarmando todo eso, porque surge una nueva clase social depositaria y dependiente de la dictadura, una nueva clase con otros apellidos y nombres, surge en definitiva otro Chile. Marcado por los militares y los nuevos ricos de los años ochenta.

P: Tú decías que la historia se repite, qué pasa con la Concertación porque ahí tenemos representantes de esa clase media que termina afincada en el poder.

JM: Yo siento que la Concertación es un buen ejemplo de una continuidad, de una débil continuidad, porque a pesar de que le tocan los peores tiempos, le toca reconstruir de alguna manera la democracia, después de una dictadura tan larga, avasalladora y brutal. Creo que hay que tener un juicio histórico mucho más compasivo con la Concertación y probablemente eso va a suceder en los próximos años. La posición  que se tiene en este momento es tan desvalorizadora y tan dura de lo que pudieron haber sido estos veinte años. Yo siento que tal vez  lo peor que pudo haber pasado fue abrirles la puerta nuevamente a una derecha tan  vinculada y tan cercana a la dictadura. Y en alguna medida, cuántos de los propios participes de la  concertación fueron culpables de este mal paso que se ha dado y que nos va costar muy caro, probablemente nos va a costar un par de gobiernos encima. De repente cuando yo veo tanta gente, sobretodo tanta gente joven con unas posiciones tan extremas contra la Concertación, me da un poco de miedo, susto, aprensión, porque creo que fue una época en que se intentó de alguna forma salir adelante en un medio en que era imposible hacer otras cosas, ya sea por la Constitución y por todo lo que nos rodeaba. Realmente uno cuando ve la televisión, sobretodo la televisión pública uno siente que ahí sucede algo que no tiene nombre, una televisión con programas absolutamente fascistas y militaristas como Pelotón. Todo eso resulta inaceptable.

P: ¿Existe una nueva derecha, una derecha no pinochetista?

JM: No sé, no me lo he planteado, no lo tengo claro. Posiblemente…aunque me cuesta creer, porque uno conoce y ha visto la derecha, la arrogancia, la prepotencia y siempre ha sido la misma y no creo que estas Evelyn Matthei o los actuales ministros se puedan despojar de esa mirada recalcitrante, ofensora que tienen y siempre han tenido. Todos los cruces que yo he tenido durante mi vida con gente de posiciones extremadamente de derecha, han sido odiosos. Siempre he sentido el desprecio, la ofensa frente a conductas que no sean las que ellos tienen marcadas como únicas e inapelables. Esto está ligado con el tema de la Iglesia Católica, ya que por mucho que la Iglesia Católica haya tenido en algún momento una manga más ancha y haya sido más generosa durante la dictadura, la Iglesia Católica sigue teniendo una posición terrible y opresora. Realmente uno los ve  como los enemigos.

P: La actitud de apoyo a los derechos humanos por parte de la Iglesia Católica, durante la dictadura, sería entonces una actividad restringida a algunos miembros como el caso del Cardenal Silva Henríquez y algunas vicarías.

JM: Si, es probable que ellos hayan dado un signo completamente distinto, que estaba encausado a un hecho concreto y terrible que era la persecución política y los desaparecidos en un país del tercer mundo. Siento que eso se aleja incluso del Vaticano, este reino del mal que uno ve tan perverso y tan ajeno. Si hay algo realmente de lo cual uno no podría formar parte, eso es el Vaticano. ¡Qué lejos está de nosotros, de los seres humanos!

Bueno, luego de ese paréntesis, vuelve a imponerse el poder vertical del Vaticano- por sobre la voz prudente de algunos representantes como era el caso de Silva Henríquez-  la iglesia vuelve a su cauce, marcándonos con una  voz culpabilizadora, castradora, que no te deja vivir tu vida en paz.

P: Jorge a propósito de tu novela “Sangre como la mía”, señalaste que no podías terminar tu vida sin escribir una novela con temática gay y, por otro lado, afirmaste que “para un escritor homosexual es un verdadero deber moral escribir sobre este flagelo (el sida), como un escritor judío debería escribir sobre el holocausto”.

JM: Aquí en esta novela se juntan dos líneas, yo en toda mi vida adulta, no había sido capaz de elaborar una novela con un planteamiento homosexual importante. Había escrito algunos pequeños intentos, muy sutiles, pero lo más cercano fue una novelita corta que publiqué a comienzos de los años ochenta, luego de “La Beatriz Ovalle” que se llamo “La noche que nunca ha gestado el día”, que, pese a que no habla de personajes homosexuales hay un intento de una relación de dos hombres que está al filo de lo prohibido. Incluso al filo de la delincuencia, porque es la historia de un asesinato. Pero yo siempre había estado al filo de la capacidad misma de enfrentarme al tema. En los años ochenta, cuando surgí a la vida pública literaria, yo tuve un pararme y un enfrentarme conmigo mismo muy complejo, era un periodo difícil, estábamos en plena dictadura, la homosexualidad no era un tema del cual se podía hablar con la libertad con la que se puede hablar hoy en día, entonces, uno vivía como una vida de disfraz a pesar de que yo tuve súper claro desde joven mi planteamiento, mi sexualidad y la viví plenamente siempre y así me conocía todo el mundo, así entre a la televisión, yo nunca tuve otra cara, pero, frente a los medios de comunicación, no era capaz de plantearme como homosexual, era muy difícil entonces, yo tenía esa sensación como de incomodidad siempre me sentía incomodo nunca estaba cómodo en las entrevistas.

P: Y esto tiene que ver con el juicio social…

JM: Claro, sin duda, con la incapacidad de pararme  ante la sociedad y de alguna manera, esto también está estigmatizado por lo familiar, el miedo por la respuesta familiar, insisto, aunque igual se sabía, probablemente se sabía pero nunca se habló.  Por otra parte también están los 80, con este flagelo que de alguna manera corta en dos la historia de la homosexualidad en el siglo XX. Yo he leído mucha literatura anglosajona relacionada con el tema y sentía que no había una respuesta suficiente en nuestra literatura, en la literatura hispanoamericana en general que tuviese el suficiente peso. En Latinoamérica, por ejemplo, yo sentía que el tema estaba poco visto. Hay un buen ejemplo que es el de Mario Bellatín con una novela chiquitita que se llama “Salón de belleza” que plantea en un salón de belleza, un reducto, una especie de casa de acogida, es una metáfora, creo que es uno de los buenos aportes, no es mucho lo que hay, no me atrevería a nombrar…..

P: Dentro de ese panorama, ¿qué rol, importancia o significación pudo haber tenido la figura de Pedro Lemebel?

JM: Te lo voy a decir honestamente: no mucha. Pedro es un buen cronista…no tengo muchos lazos comunicantes del trabajo literario con él, me siento mucho más en deuda y le hago un pequeño homenaje en la novela a Mauricio Wacquez, que es un escritor que probablemente si no lo hubiese tocado la muerte, habría podido avanzar en esa línea narrativa -me refiero específicamente al tema del Sida-, y probablemente así también lo hubiese hecho Manuel Puig. Siento que había ahí una continuidad, una narrativa más fuerte. Pero creo que lo de Pedro está más relacionado con la crónica y desde allí una mirada más lejana. Con él no hemos tenido la posibilidad de comunicación, de enfrentarnos juntos y nos desconocemos. Yo creo que lo conozco más a él que él a mí,  creo que él tiene muchos prejuicios respecto a mí además.  Probablemente me asocia con una cierta militancia que viene de Estados Unidos, que a él le carga. Son dos posturas relativamente distintas. En mí hay un intento de acercarme más a una narrativa  que viene más de lo anglosajón, por la cercanía que ellos han tenido con el tema, mucho más constante, mucho más receptiva, que fue lo que me hizo subirme a este tren….

Pero él ha abierto una puerta masiva con un lenguaje rico -aunque se ha ido poniendo un poquito majadero- pero abrió evidentemente una gran puerta. Tiene un público enorme que lo lee y lo sigue y lo ama, o sea, el fanatismo que provoca Lemebel es impresionante y es algo a lo que realmente hay que sacarle el sombrero.

P: Jorge, tú trabajaste muchos años en la televisión, por lo tanto tienes una visión cercana del mundo televisivo, desde dentro. ¿Qué es lo que pasa en la televisión en el área de las teleseries? Pareciera que hubiese una suerte de negación de la realidad, de espalda a los conflictos sociales de este país ¿Por qué? ¿Existe una especie de mandato, alguna restricción a los guionistas de lo que se puede y no se puede decir?

JM: Yo siento, sentí, sobre todo al final de los 80 y principios de los 90, cuando hice una teleserie con mayor libertad “Volver a empezar”, -la primera teleserie que se hizo al volver a la democracia-,  que había un intento de creer en la teleserie como un género literario popular y que podía tener cierta importancia. Esto lo planteó Jorge Amado en Brasil. Los brasileños desarrollaron una teleserie que habla de lo que son ellos realmente. (Aunque hace mucho tiempo que no veo teleseries brasileñas), pero uno sentía que había un mensaje con una cierta claridad, sin perder de vista que el género en sí, está ligado fundamentalmente a la entretención, pero en Chile, con esta teleserie yo me plantee temáticas absolutamente novedosas, por ejemplo, incorporar el personaje de una mujer que volvía del exilio, que además era escritora. Intentamos poner también el tema de los desaparecidos, pero el canal en ese momento sintió que era demasiado pronto (tema del cual nunca más se habló). Aún así se intentó hablar de cosas de las cuales nunca se había hablado, incluso se innovó en hechos como  que en vez de que el escenario principal fuese una peluquería, la historia transcurriera en una librería; se hablaba de cine arte, en fin. Es decir, yo sentí, y se habló en los medios, que se estaba intentando la idea de hacer una teleserie autónoma, con ideas propias. Incluso Sabatini ha señalado a través de los años que esa fue una de la teleseries que más lo ha marcado. Finalmente la teleserie no tuvo demasiada audiencia y el canal advirtió que debía dar un giro, entrar en un plano mucho más festivo y que había que hacer teleseries graciosas. Lo que Vicente Sabatini denominó la “comedia romántica” como “Trampas y caretas”, “Estúpido Cupido”, “Jaque Mate”, “Rompe Corazón”, en fin todas las teleseries que escribí en los años posteriores y que eran en su gran mayoría adaptaciones de textos brasileños. Ahí hubo un intento de hacer teleseries con un sello chileno, pero siempre marcado con pautas muy comerciales, no debía salirse de ciertos cauces, no avanzar en ciertas temáticas que podían ser riesgosas. Estábamos siempre al filo de lo que se podía decir. Eso puede haber tenido algún grado de interés, pues se hicieron comedias mejor hechas, de mejor factura y texto, pero que a través del tiempo se han convertido en una ramplonería tremenda, hay un retroceso lamentable en los últimos cuatro o cinco años, con series acartonadísimas.

P: Llama la atención que no presentan conflictos y que las acciones que mueven a los personajes esté dado sólo por  el tema amoroso, presentado de la manera más elemental.

Sí,  y en golpes de efecto, donde escena tras escena presentan situaciones de dos personajes en la cual entra un tercero que rompe y dice algo que sorprende o desarticula. Son teleseries muy torpes, sin desarrollo de situaciones o de historias donde los personajes se den tiempo para reflexionar o hablar con algún sentido. Esto tiene que ver con la dinámica del cine adolescente, donde las escenas no pueden durar más de 8 o 10 segundos, porque probablemente el público se agota o decae la atención y la teleserie está siguiendo este patrón, probablemente, sin tener mucha conciencia, ya que no hay una gran teorización de lo que están haciendo, las cosas salen por chiripazo. Se está trabajando en gran medida para el segmento juvenil, donde se plantean situaciones amorosas entre chicos y chicas lindas sin pasar más allá. Yo creo que el campo de la teleserie nocturna chilena debiera avanzar en una línea más seria, más adulta, más contundente y de más peso,  cosa que no pasa. Y eso pasará en la medida que las directivas del área dramática tengan también más peso, porque ahí hay una gran falencia y carencia de líderes, que tengan opinión y directores que tengan más peso creativo y dramático. Pues estos cargos están en manos de personas que están ahí porque llevan muchos años de carrera, sin necesariamente ser gente de gran talento. No es gente ligada al trabajo cultural, ni teatral, ni cinematográfico, es solamente un trabajo administrativo-técnico-televisivo, es decir, manejan muy bien los switch, pero no tienen potencia creativa.

Epílogo: Finalmente Jorge me comenta que su carrera en el mundo  de la televisión ya es capítulo cerrado y que está abocado plenamente a la escritura: “lo que me apasiona es escribir de nuestro tiempo, de lo que nos está ocurriendo como sociedad, como individuos, y especialmente sobre la vulnerabilidad del hombre contemporáneo, mis novelas hablan del hombre de hoy, nos remiten a comportamientos humanos que son perennes y lo que intento es reflejar lo que está sucediendo alrededor nuestro” y piensa que tal vez lo que nos sucede se relaciona con el título de una de sus obras anteriores: “me parece que no somos felices”.