Por Tania Tamayo. Foto: Natalia Bustamante.
Curioso resultó ver al biministro de Minería y Energía, Laurence Golborne, junto a su colega de Planificación Nacional, Felipe Kast, cambiar con sus propias manos ampolletas en casas de la zona norte de la capital. Encaramados arriba de las sillas bromearon, sonrieron, pero por sobre todo manifestaron preocupación por la crisis energética que se avecina para el país. Diversos también fueron los llamados del Presidente Piñera a economizar energía.
Este bullado llamado a la conciencia se dio paralelamente al apoyo de la autoridad a dos millonarios y polémicos proyectos relacionados con carbón, energía y medio ambiente. La Mina Invierno en Isla Riesco fue aprobada por la Corema de Magallanes, y la termoeléctrica Castilla obtuvo luz verde de parte de la Comisión de Evaluación Ambiental de Atacama y un cambio de categoría de “contaminante” a “molesto”, por el Seremi de Salud, Nicolás Baeza.
Tanta coincidencia da para sospechar. Sobre todo cuando movimientos ambientalistas de las regiones de Magallanes y de Atacama declaran fervientemente que estas resoluciones son de un perfil altamente político y no técnico ya que fueron tomadas con anticipación a las conclusiones de los estudios. No sólo el Presidente Piñera decía en su visita de noviembre en la sureña región que había que facilitar el camino para el proyecto, sino que por estos días el ministro Golborne dijo a Radio Cooperativa que el proyecto de Isla Riesco era “una buena inversión” y que generaría muchos puestos de trabajo.
Tal vez el respaldo a este proyecto se zanjó en una reunión de amigos. El biministro conoce bien de cerca a AES Gener, una de las eléctricas beneficiadas con el proyecto en Magallanes, ya que trabajó en ella por varios años. Además, el subsecretario de Energía, Sergio del Campo, y la jefa de gabinete del ministro “rockstar”, Luz Granier, también vienen de esa empresa. Y como si fuera poco, la hija del Secretario de Estado, Daniela Golborne, es analista financiera de la misma firma.
Y como queda todo en familia, el Presidente Piñera ve como con el visto bueno al proyecto suben sus acciones en Copec, uno de los impulsores del proyecto.
Paralelamente, los espaldarazos a estos proyectos sacan sonrisas en la familia Angelini, en los hermanos Van Appen y en el magnate Brasileño Eike Bastista, quienes incrementarán sus fortunas gracias a inversiones en las que los criterios medioambientales brillan por su ausencia. Sonríen, sin duda, porque, una vez más, se impone las inversiones por sobre la protección de los ecosistemas y la salud de las personas.
Pero cómo llegar a un acuerdo con la autoridad si no hablamos el mismo idioma. No hay en ellas, ni en los grandes conglomerados empresariales, un interés mínimo por patrimonio natural y la biodiversidad única que se genera en Riesco o en Atacama. No hay interés en que los desechos emanados del carbón amenazan con acabar con especies como el cóndor, el huemul, el puma o la ballena jorobada; o en que la acidificación del agua se apoderará de las lagunas, los ríos y las praderas de la Patagonia.
Entonces, hablemos en su idioma, en el lenguaje del dinero, de los dividendos, de la suma y la resta. De acuerdo a un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de Harvard, la rápida rentabilidad de los proyectos termoeléctricos a carbón se ve opacada por los gigantescos desembolsos monetarios que en el mediano y largo plazo se deberán hacer para mitigar las consecuencias negativas sobre el ecosistema y la salud.
El estudio enumera perjuicios en el ámbito meteorológico producidos por los cambios climáticos, daños a los habitantes de las zonas como consecuencia de las toxinas liberadas en el proceso (particularmente proliferación de agentes cancerígenos) y la contaminación de las aguas subterráneas.
De acuerdo a la investigación, en una de las zonas afectadas por esta apuesta energética en Estados Unidos, la carga sólo en salud pública de la minería del carbón cuesta 74 mil millones dólares cada año y los costos de las emisiones contaminantes alcanzan a 187 mil millones dólares.
Finalmente la pérdida de valor económico de estas zonas, los recursos invertidos en la mitigación de aquel impacto ambiental y los subsidios estatales reparatorios, resultarían bastante más costosos que si se hubiera invertido en energía limpia.
Pero el largo plazo en el Chile de hoy no es considerado.
Respecto al tema, hubo muchas curiosidades en estos días. Por ejemplo, escuchamos a la ministra de Medio Ambiente, María Ignacia Benítez, declarando: “A nosotros no nos interesa que el medio ambiente se dañe”. Impasse que después aclaró, estableciendo que no quiso decir lo que salió de sus labios. Y finalmente, presenciamos el escenificado acto de los ministros instalando ampolletas de bajo consumo.
La imagen resultó paradójica. En el camino trazado para la energía, como para todos los aspectos de la política pública, se debe ser coherente. No sirve crear conciencia en la señora Juanita para que ahorre luz en su casa, si en la Patagonia de nuestro país se construirá un enorme santuario del carbón a cielo abierto que ocasionará un efecto devastador a nuestros finitos recursos naturales. Ya vivimos las consecuencias de Huasco y Ventanas: gas metano, smog, carboncillo, problemas respiratorios, cáncer, gases tóxicos en las narices de nuestros niños. Toxinas en las narices de nuestros niños. No queremos que eso se repita. No más.


