Buenos Aires para mirones: Sobre la novela “Ida” de Oliverio Coelho

El escritor Luis López-Aliaga nos introduce en el trabajo del argentino Oliverio Coelho, seleccionado por la revista anglosajona Granta como uno de los representantes de la nueva camada de narradores de habla hispana.

Por Luis López-Aliaga.

Eneas Morosi se embarca en una aventura de desapego e iniciación, montado en una bicicleta robada, con una tortuga (también robada) que lleva en la canasta. Argentino de  30 años, sin empleo, Eneas es un tipo raro. Un rarito, digamos.  ¿De dónde le viene esta anomalía, esta extrañeza que se convierte en extrañamiento?

La respuesta hay que buscarla en la novela Ida, de Olvierio Coelho (Buenos Aires, 1977), uno de los 22 seleccionados por la revista anglosajona Granta, como representante de la nueva camada de narradores de habla hispana. Morosi es el (anti) héroe de la novela editada recientemente en Chile por La Calabaza del Diablo.

Antes de su travesía en bicicleta, Morosi es un hombre sin historia. Un hombre, como otros, que vive en ese tiempo suspendido que es el amor, o como quiera que se le llame a aquello que dos desconocidos –no hay otra posibilidad, serán siempre desconocidos- deciden hacer o emprender para engañarse un tiempo, para matarlo.

La historia comienza de verdad cuando a Eneas lo patean, le dan filo: una ominosa carta en la que Lucía le comunica como un bando militar que la relación no va más. Ella, Lucía, es la culpable (el detonante, el pitazo inicial) del viaje y, por lo tanto, en el sentido más clásico, es la culpable de la historia. Un viaje sólo de ida, no como esos pasajes aéreos que aseguran IDA y VUELTA. Este es un viaje sin retorno.

La pérdida, al parecer, agudiza las percepciones y Eneas ve las cosas como por primera vez.  Entonces la ciudad comienza a tomar forma, a ser reconocible. Lo que al principio era un territorio indescifrado, el territorio del amor o del no-amor, se convierte en Buenos Aires. El Buenos Aires del mito, de la leyenda literaria, que parece estar siempre ahí para los abandonados, los pateados.

Es curioso como Eneas se va convirtiendo de a poco en un porteño de tomo y lomo, bueno para el bife y la milanesa, devoto de la cancha los domingos y del tango por las noches. La mina que abandona, el solitario que se hunde en el alcohol, el abandonado que shora sin shorar. Pero ésta es sólo una de las transfiguraciones del protagonista, quizás la más superficial.

Eneas se introduce en Buenos Aires como uno más en la multitud, en un recorrido aleatorio, sin lógica aparente, que le permite armar su propio mapa ficcional, una “obra maestra del vagabundeo”. Es un abandonado, un solitario como muchos otros, que intenta complacerse en el anonimato, en la uniformidad, pero que no puede con su extrema consciencia de las cosas y del tiempo. Es sólo una fantasía, diluirse. Una fantasía asociada al peso de la conciencia,  de la conciencia del tiempo, de la conciencia de la muerte.

En la práctica,  el anonimato le sirve a Eneas como estrategia de observación: de un pozo, de una parada de colectivo, de los tipos que lo codean en el metro.  Mira todo con asombro, aunque un asombro sin aspavientos, como sabiendo que la felicidad de espiar es siempre efímera. Eneas se ha convertido en un voyerista, en un goloso del detalle, del gesto mínimo y revelador. Asistimos entonces, aunque no se diga abiertamente, a la iniciación literaria de Eneas.  Más o menos en la mitad de la novela se produce el reconocimiento; es un momento clave, el punto de no retorno: la realidad, la vida, sólo es posible como representación. Eneas lo entiende y se transfigura en escritor durante el viaje. Y es más escritor que su amigo Octavio, tan convencional, tan tollero. Quizás Eneas lo supo o lo intuyó desde el comienzo, sin decirlo. De hecho, lo primero que hace después de la ruptura es comprar una libretita para anotar lo que espía y también para expiar, para botar fuera y  para reconstruirse. Y sale al mundo en busca de “algo” que apuntar, en busca de una imagen, en busca de algo cifrado en una lengua hipnótica y prenatal.

Es una gran definición de lo literario: “Vivir los infortunios ajenos como dichas propias”: eso  hacemos, al fin de cuentas, los que leemos y escribimos, disfrutar con la pequeña o gran desgracia, la del gesto que muere ante nuestros ojos y que logramos fijar de algún modo que nos parece definitivo.