Renuncia de Bielsa: Sobre fé, furia y vergüenza

¿Qué nueva interpretación podríamos agregar a todo lo sucedido durante este mes con Marcelo Bielsa? ¿Qué comentario podríamos proponer dentro del universo de opinología futbolera que no se haya explorado?  Al parecer en el tema Bielsa, y su salida de la selección, está todo dicho, o casi todo dicho. Todo menos algo: sólo la fe puede devolvernos la esperanza en el ser humano.

Por Nibaldo Acero. Fotos: Natalia Bustamante.

El argentino con maestría disparó a Jadue y a los concesionarios de los clubes llamados grandes con una puntería que ya se la quisiera Foucault. Los atacados han reaccionado tibiamente, demostrando serias deficiencia en el uso de la retórica y las técnicas de debate, materias donde Bielsa demuestra dotes helénicas.

Sería. Nuevamente el fútbol chileno pierde por goleada.

Y son en estos momentos funestos, de farréos existenciales, de derrumbe espiritual,  cuando uno, como perro arrepentido, se acerca nuevamente a la religión. Sí, a la religión, pero no a su dimensión más teórica y elaborada, sino a la misma fe. ¿Dónde más podrían haber respuestas y  a este panorama devastador y, por sobre todo, apocalíptico del fútbol nacional y del género humano? La fe como único camino a una posible salvación. Porque éste es el sentimiento espontáneo más transparente y furioso que cada parroquiano deposita en algún dios, rito o símbolo. Es puro power. Tener fe en algo o en alguien, es un coito con la humanidad. La palabra, a mi parecer, debió haber conservado su acento por ese arrebato que denota, por esa sangre puesta en las gónadas del que tiene fe, así que en este texto de fútbol y desgracias, escribiremos: fé.

Yo tuve fé en el fútbol chileno. Miento. Tuve fé en Chile, a través del fútbol, que es, como tañe magistralmente Camus, una metáfora de la existencia humana. Quise creer en un país que dejaba de ser de un año para otro el imbunche rancio, malo para la pelota e hipócrita, y nos transformábamos, de un año para otro, en una hueste infernal de pasión y determinación, no sólo en el deporte, también como un país de pensadores, cual sociedad peligrosa para los fácticos, una cultura donde los insurrectos al poder siembran el pánico en ese mismo territorio.

Pero mostramos la hilacha. Todo indica que no nos gusta lo bueno, ni lo decente, no nos acomoda la gloria, pero la mierda nos calza como zapato de cristal, también la basura hecha discurso. Como nación, nos gusta chupar el pico de los poderosos.

De hecho, muy pocos de nosotros fuimos capaces de salir a protestar por la partida del argentino, muy pocos demostramos la frustración ante el escenario tétrico y común del poder del empresariado chileno, agitando sus alas de mosca. Tenemos miedo de explotar, hemos sido educados para construir resignación. Incluso cuando Bielsa renuncia y derrama lágrimas, después de acusar severamente, los periodistas presentes miran con cara de pánfilos, siendo incapaces de dejar manifestar una mísera hormona. Fue un espectáculo penoso y odioso.

Es fácil temer. Es cómodo tener la piel de gallina y meterse la verga en el ano propio. No hay esfuerzo en el espanto o la vergüenza. Y nuestros cultos han sido sólo eso: doctrinas para cagarse de miedo. Pero si nos hubieran aleccionado en la fé, existiría una voluntad y un poder (natural) capaz de levantar un partido en desventaja, una familia en desgracia, incluso un pueblo oprimido.

Si hay fé, tenemos esperanzas. Esperanzas de ganar un partido en el que vamos perdiendo tres por cero, como esa memorable final de Liverpool versus Milan AC, en la Champions del 2005. Esperanza en romperle el espinazo a la historia y derrotar a una Argentina, con Messi incluido, en la noche más bella que recuerde el fútbol chileno. Esperanza de arrancar del poder a un Mubarak, esperanza de abandonar la ignorancia de la mansedumbre, esperanza de pensar un Chile menos amariconado, esperanzas de sobrevivir a este gol de camarín, que es la partida de Bielsa. Tuve sin duda fé en el fútbol chileno, pero la perdí en el minuto noventa. Sin embargo, mantengo, o quiero mantener firme, mi fé en Chile, por lo menos en una parte de este zombie.

Hoy tengo una fé ciega, una fé arriesgada (como debe ser) en algunos chilenos: fé sustentada en el trabajo social de los okupas, fé en la visión de caos creador de los anarquistas chilenos, fé en la poesía juglar de los hiphoperos chilenos, fé en la furia y resistencia de los presos políticos mapuche, en los que echan chuchadas al aire intentando derribar el sistema, fé en los volaítos que convidan la última piteada, fé en las trancadas que los obreros chilenos le ganan al jodido capataz (también chileno). La fé sobrevive en mí hacia los consecuentes como Bielsa, padre de la patria durante tres años, gracias a esos tipos decentes que son el fair play en esta cagada de mundo.

Escuchando el otro día a Juan Ayala, el vocalista de JuanaFe, descubrí que al igual que él, tengo fé furiosa, una fé incontrolable, y para suerte mía, también violenta. Sobre todo tengo fé en los niños, en esos que pierden el alma tras un deshilachado balón, soñando una vida mejor para sus madres y hermanos… tengo una fé ciega en los que intentan, día a día, un mundo mejor.