Hace un par de meses, la escritora argentina radicada en México, Mónica Maristain, publicó su última obra: Bolaño, las batallas futuras. El libro en cuestión es un guión para un documental que se hace de la vida del escritor chileno. De este narrador en constante tensión con sus batallas interiores.
El guión, sin duda, intentará audiovisualmente chorrear, a nivel de flashfoward, el ácido pensamiento del autor de Putas Asesinas, que desde hace años ya se venía enfrentando con uno que otro demonio. Platico de Roberto Bolaño, no para seguir catapultando su obra (¿qué más quisiera yo?), sino para encontrar algún origen, señera pista, de mis lecturas de ciencia ficción.
Antes, hasta no hace mucho, me valía verga la literatura que lucía su ropaje por recovecos de magos, zombis y marcianos. Me valía verga hasta hace poco cualquier letra destinada al género fantástico, sobre todo si era escrito en el siglo XX. Mi ignorancia o aversión hacia esa literatura no tiene explicación alguna (lo que sería una explicación fantástica). La cuestión es que en Bolaño encontré asidero para superar esas matas de antipatía y comencé a leer a Dick sobre todo, pero no con menos entusiasmo que a Asimov; leí a Poe; a Stephen King; y recién a los treintisiempre, leí a Julio Verne.
Lo que puede ser considerado una pena capital, se transformó en una catapulta mística. Leer a aquellos clásicos, a una edad menormente estúpida, abrió senderos de entendimiento que encontraron su eyaculado nirvana en el cyberpunk, en esta religión oscura, de tarros y robots que intentan histéricamente ser humanos.
Sin embargo, este ánimo de leer a Bradbury y a Lovecraft, de hostigar a Kubrick y de experimentar espacios virtuales y raramente físicos, el fervor por lo fantástico, se apagó nuevamente, de un pencazo. Caí en cuenta, de un día para otro, que la literatura fantástica, no era capaz, por así decirlo, de abordar horrores más próximos, y de encarar con más estrógenos y espermios las pesadillas de la misma realidad.
Si llegan un día los ovnis y comienzan a experimentar con nosotros a nivel sexual, créanme que no sería mayor problema. Y si la tierra fuera devorada por un agujero negro habitado por vampiros sodomitas, no revestiría inconveniente alguno. Lo grave sería que perdiéramos el pan de cada día (como diría Teillier). O, por ejemplo, que perdiéramos el fútbol, eso sería grave y, hasta hace unos años, no menos fantástico.
Bolaño decía que la realidad es una enemiga, pero no por voluntad, sino por enfermedad. Comparada con una ardiente puta sidosa; la realidad avanzaba calmosa y fatal. La batalla contra ella es también inevitable.
Recurrente mariscador de los mares de Dick, Bolaño aplica la ciencia ficción a la puta realidad del día a día, mostrándonos como guerreros en un laberinto de tedio, imposibilitados de pelear de verdad.
Y es así justamente como me siento, después de ver cómo un par de chupasangres (para seguir en el contexto), se pone de acuerdo, después de las esnifadas, de cuál será el futuro del fútbol chileno. Un puñado de mutantes decidiendo por lo más sanguíneo que tenemos como seres humanos, lo más verdadero. Cómo pudimos perder el tiempo, pensando en invasiones, en acabóses de mundo o pestes satánicas, en hombres devorados por zombis.
Soy de quienes se criaron ilustrados por la Dimensión Desconocida, La Danza de los Vampiros y los Cuentos de la Cripta, también por los cuentos que los abuelos rememoraban sobre el tuetué y la llorona. Quizá por eso me hace sentido Bolaño. Soy también de los mismos niños cuya casa fue allanada por efectivos de la CNI, que se colgaron de los techos como vampiros. Soy, en definitiva, de los que ha dejado de emocionarse con la ciencia ficción.
He comenzado a tiritar cuando, por ejemplo, escucho los discursos educacionales de Lavín, los de derechos humanos de Hinzpeter, los económicos de Larraín. Cuando veo detrás de todo seremi e intendente, a un gerente.
Sin embargo, lo que más temo, es a la última batalla. A mi entender, esta última batalla no será con los extraterrestres, ni entre religiones, ni entre occidente y oriente. Fukuyama la echa afuera a boca de jarro, la historia se acaba, aun cuando el hombre tenga sus necesidades satisfechas.
Tampoco creo que la última batalla sea entre hombres y mujeres, ni entre hombres y animales. La verdadera batalla ya se está dando y quizás sea la última: la de humanos versus empresarios.
Esta batalla es sin duda la más maricona de todas, porque se sustenta en fantasmas cosidos puntada a puntada por los medios, se sustenta en fantasmas virtuales e hirientes como la cesantía o el desabastecimiento. Es la batalla que ganarán quienes puedan generar fuentes de ingreso, emprendedores de cualquier mierda exportable, transable, son batallas que no ganará el poder armamentístico, es la batalla que sólo un tipo la puede ganar frente a un millón de guerreros iracundos. Son las batallas más crueles que nos ha traído la historia, son guerras sucias en todo sentido, fatalmente mariconas.
Una de esas batallas finales fue ganada por un puñado de mutantes en la ANFP, seres sin gónadas ni sangre, que con un espíritu “emprendedor” se han hecho con nuestro bazo, colon e hígado. Entes que devorarán hasta la misma médula en este proceso de enajenación de fútbol chileno, en esta concepción apropiación de nuestras pasiones.
Han ganado esta batalla, dolorosamente, y armarán tótemes (como el de Pinochet en Walmart) que guiarán nuestra sangre, succionada. Perdimos sin duda esta batalla final. Pero el fútbol, como la vida y las retorcidas historias de la ciencia ficción, siempre tienen revancha para el más honesto y desvalido. ¿Lograremos enfrentarnos algún día a estos reptilianos carroñeros, chupasangre? Asimov y Bolaño, entre otros, igualmente malditos y lúcidos, probablemente tuvieron la receta.





Pues me adiero a tu pensamiento y comentarios, y lo pienso con cabeza fría, y la verdad es que llégo no a una conclusión, sino que a una contradiccion con respecto a nuestras metas personales y sociales en cuanto a como poder luchar e ir y arremeter contra los empresarios que solo buscan el bien propio, y llégo a la contradiccion de que para poder enfrentarlos, solo nos queda ser unos emprendedores que seamos capaces de mover masas y trabajar por el bien personal y comun, y para esto lamentablemente nos convertimos en empresarios.
Salu2.